MALVINAS UNA PUERTA QUE PODRÍA ABRIRSE
Una declaración del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a colocar inesperadamente la cuestión de las Islas Malvinas en el centro de la política internacional.
Consultado sobre la posición norteamericana respecto de las islas, Trump respondió que su gobierno la está revisando.
No dijo que Estados Unidos vaya a reconocer la soberanía argentina. No dijo tampoco que vaya a exigir a Gran Bretaña la devolución de las islas.
Por lo tanto, corresponde ser prudentes.
Pero también debemos decir que no es una declaración menor.
Durante décadas, Estados Unidos ha mantenido una posición muy particular: reconoce que Gran Bretaña administra de hecho las Malvinas, pero formalmente no se pronuncia sobre cuál de los dos países posee la soberanía.
Esa neutralidad, sin embargo, tuvo una dolorosa excepción práctica para los argentinos.
En 1982, durante la Guerra de Malvinas, el gobierno de Ronald Reagan terminó brindando apoyo político, logístico y material a Gran Bretaña. Documentos oficiales norteamericanos desclasificados reconocen expresamente aquel apoyo.
Más de cuatro décadas después, podría comenzar a producirse un cambio.
¿Hasta dónde?
Todavía no lo sabemos.
Pero imaginemos por un momento que Washington abandona su tradicional posición y comienza a reclamar activamente que Londres se siente a negociar con Buenos Aires.
Sería un acontecimiento diplomático de enorme importancia.
Porque existe un antecedente jurídico y político que la Argentina nunca debe olvidar: la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 1965, reconoció expresamente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e invitó a ambos gobiernos a negociar una solución pacífica.
Y esa exhortación no pertenece solamente al pasado.
El Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas ha continuado reclamando la reanudación de las negociaciones entre ambos países.
Gran Bretaña, por supuesto, mantiene una posición diferente. Sostiene el principio de autodeterminación y afirma que los habitantes de las islas desean continuar siendo británicos.
Argentina sostiene en cambio, que estamos ante una cuestión de integridad territorial originada en la ocupación británica de 1833 y que deben considerarse los intereses de los isleños, como establece la Resolución 2065.
Son posiciones profundamente enfrentadas.
Precisamente por eso se necesita negociación.
Ahora aparece un elemento nuevo.
Donald Trump mantiene una relación política particularmente estrecha con el presidente Javier Milei. Y paradójicamente, esa relación con Washington podría abrir una oportunidad diplomática que la Argentina no debería desaprovechar.
Pero aquí también debemos ser claros.
Estados Unidos no puede devolvernos las Malvinas.
Las islas están administradas por Gran Bretaña, que además mantiene allí presencia militar.
Una declaración del presidente norteamericano no modifica por sí sola esa realidad.
Sin embargo, Estados Unidos sí puede modificar el escenario diplomático.
Si Washington dejara de respaldar políticamente a Londres y, más aún, si apoyara en Naciones Unidas la necesidad de una negociación efectiva sobre soberanía, Gran Bretaña perdería el acompañamiento de su aliado estratégico más poderoso.
Eso sería verdaderamente significativo.
La Argentina debería aprovechar cualquier oportunidad semejante con inteligencia, paciencia y profesionalismo diplomático.
Malvinas no necesita discursos grandilocuentes.
Mucho menos aventuras.
La experiencia de 1982 nos dejó una enseñanza demasiado dolorosa, la recuperación de las islas sólo puede buscarse por medios pacíficos y diplomáticos.
La Constitución Nacional así lo establece.
Por eso, si efectivamente se está abriendo una pequeña puerta en Washington, debemos observarla con esperanza, pero también con prudencia.
No sabemos todavía qué decidirá Trump.
Puede que finalmente nada cambie.
Puede que Estados Unidos simplemente mantenga su histórica neutralidad.
Pero también puede ocurrir que estemos ante el comienzo de un movimiento diplomático diferente.
Y si eso sucede, la Argentina debe estar preparada.
Con una política de Estado que trascienda a Milei, a Trump y al gobierno británico de turno.
Porque los gobiernos pasan. El legítimo reclamo argentino sobre las Islas Malvinas permanece.
No dijo que Estados Unidos vaya a reconocer la soberanía argentina. No dijo tampoco que vaya a exigir a Gran Bretaña la devolución de las islas.
Por lo tanto, corresponde ser prudentes.
Pero también debemos decir que no es una declaración menor.
Durante décadas, Estados Unidos ha mantenido una posición muy particular: reconoce que Gran Bretaña administra de hecho las Malvinas, pero formalmente no se pronuncia sobre cuál de los dos países posee la soberanía.
Esa neutralidad, sin embargo, tuvo una dolorosa excepción práctica para los argentinos.
En 1982, durante la Guerra de Malvinas, el gobierno de Ronald Reagan terminó brindando apoyo político, logístico y material a Gran Bretaña. Documentos oficiales norteamericanos desclasificados reconocen expresamente aquel apoyo.
Más de cuatro décadas después, podría comenzar a producirse un cambio.
¿Hasta dónde?
Todavía no lo sabemos.
Pero imaginemos por un momento que Washington abandona su tradicional posición y comienza a reclamar activamente que Londres se siente a negociar con Buenos Aires.
Sería un acontecimiento diplomático de enorme importancia.
Porque existe un antecedente jurídico y político que la Argentina nunca debe olvidar: la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 1965, reconoció expresamente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e invitó a ambos gobiernos a negociar una solución pacífica.
Y esa exhortación no pertenece solamente al pasado.
El Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas ha continuado reclamando la reanudación de las negociaciones entre ambos países.
Gran Bretaña, por supuesto, mantiene una posición diferente. Sostiene el principio de autodeterminación y afirma que los habitantes de las islas desean continuar siendo británicos.
Argentina sostiene en cambio, que estamos ante una cuestión de integridad territorial originada en la ocupación británica de 1833 y que deben considerarse los intereses de los isleños, como establece la Resolución 2065.
Son posiciones profundamente enfrentadas.
Precisamente por eso se necesita negociación.
Ahora aparece un elemento nuevo.
Donald Trump mantiene una relación política particularmente estrecha con el presidente Javier Milei. Y paradójicamente, esa relación con Washington podría abrir una oportunidad diplomática que la Argentina no debería desaprovechar.
Pero aquí también debemos ser claros.
Estados Unidos no puede devolvernos las Malvinas.
Las islas están administradas por Gran Bretaña, que además mantiene allí presencia militar.
Una declaración del presidente norteamericano no modifica por sí sola esa realidad.
Sin embargo, Estados Unidos sí puede modificar el escenario diplomático.
Si Washington dejara de respaldar políticamente a Londres y, más aún, si apoyara en Naciones Unidas la necesidad de una negociación efectiva sobre soberanía, Gran Bretaña perdería el acompañamiento de su aliado estratégico más poderoso.
Eso sería verdaderamente significativo.
La Argentina debería aprovechar cualquier oportunidad semejante con inteligencia, paciencia y profesionalismo diplomático.
Malvinas no necesita discursos grandilocuentes.
Mucho menos aventuras.
La experiencia de 1982 nos dejó una enseñanza demasiado dolorosa, la recuperación de las islas sólo puede buscarse por medios pacíficos y diplomáticos.
La Constitución Nacional así lo establece.
Por eso, si efectivamente se está abriendo una pequeña puerta en Washington, debemos observarla con esperanza, pero también con prudencia.
No sabemos todavía qué decidirá Trump.
Puede que finalmente nada cambie.
Puede que Estados Unidos simplemente mantenga su histórica neutralidad.
Pero también puede ocurrir que estemos ante el comienzo de un movimiento diplomático diferente.
Y si eso sucede, la Argentina debe estar preparada.
Con una política de Estado que trascienda a Milei, a Trump y al gobierno británico de turno.
Porque los gobiernos pasan. El legítimo reclamo argentino sobre las Islas Malvinas permanece.
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