LAS SEÑALES ESTÁN ALLÍ
Un inquietante artículo publicado por The New York
Times, firmado por la prestigiosa historiadora canadiense Margaret
MacMillan, lleva un título que por sí solo obliga a detenerse: “Se
avecina un nuevo orden mundial y no estamos preparados”.
MacMillan comienza recordando La peste, la extraordinaria novela de Albert Camus. En la ciudad de Orán empiezan a aparecer ratas muertas. Al principio nadie les presta demasiada atención. La vida continúa. Hasta que aquello que parecía un episodio menor se convierte en una tragedia.
La reflexión es inevitable: ¿no estaremos haciendo hoy algo parecido?
Las señales están allí.
Este verano boreal volvió a mostrar temperaturas extremas, sequías e incendios forestales. Al mismo tiempo, las economías desarrolladas acumulan niveles de deuda extraordinariamente elevados. Se reducen programas de asistencia médica y alimentaria. Persisten guerras que parecían imposibles hace apenas algunos años. Y la inteligencia artificial avanza a una velocidad formidable, ofreciendo posibilidades extraordinarias, pero también planteando interrogantes sobre el trabajo, la seguridad y hasta sobre nuestra capacidad para controlar la tecnología que nosotros mismos estamos creando.
Pero hay algo todavía más preocupante.
Según recuerda MacMillan, el Programa de Datos de Conflictos de Uppsala contabilizó 65 conflictos estatales durante el último año, la cifra más alta desde 1946.
No estamos hablando, entonces, de una amenaza determinada. Estamos hablando de muchas crisis que comienzan a superponerse: climática, económica, tecnológica, sanitaria y geopolítica.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad construyó trabajosamente un sistema internacional destinado precisamente a evitar otra catástrofe semejante. Surgieron las Naciones Unidas, organismos financieros internacionales, tratados, alianzas y mecanismos de cooperación.
Ese sistema tuvo innumerables defectos, pero permitió atravesar ocho décadas sin una nueva guerra mundial.
Hoy algunas de aquellas estructuras muestran signos evidentes de debilitamiento.
Y aquí está quizá la enseñanza más importante del artículo
de The New York Times: los grandes cambios históricos casi
nunca anuncian su llegada.
Antes de la Revolución Francesa parecía imposible imaginar
una Francia sin monarquía. Antes de 1914, muchos europeos estaban convencidos
de que aquella crisis de los Balcanes sería una más y terminaría resolviéndose
diplomáticamente.
Pocas semanas después comenzaba la Primera Guerra Mundial.
La historia no necesariamente se repite. Pero la historia advierte.
Por eso no corresponde caer en el pesimismo ni anunciar
catástrofes inevitables. Corresponde algo mucho más sencillo y mucho más
difícil: mirar las señales.
Y también debemos hacerlo desde la Argentina.
En un mundo más incierto, nuestro país necesita instituciones fuertes, equilibrio económico, educación de calidad, seguridad jurídica, capacidad científica y tecnológica y, fundamentalmente, dirigentes capaces de comprender que gobernar no consiste solamente en resolver los problemas de hoy.
También significa prepararse para los problemas de mañana.
Margaret MacMillan termina su reflexión dejando abierta una puerta a la esperanza. El viejo orden puede estar debilitándose, pero todavía tenemos instituciones, tratados y mecanismos de cooperación sobre los cuales construir algo nuevo.
Quizás esa sea la gran enseñanza.
Los tiempos difíciles no son inevitables. Lo verdaderamente
peligroso es que las señales estén delante de nuestros ojos y decidamos no
verlas.
Fuente de referencia: Margaret MacMillan, “Se avecina un
nuevo orden mundial y no estamos preparados”, The New York Times, 1 de
septiembre de 2026.
Comentarios