La inteligencia artificial también exige inteligencia

Vivimos fascinados por la inteligencia artificial. En pocos segundos podemos obtener información que antes requería horas de búsqueda, consultar bibliotecas enteras, traducir idiomas, analizar documentos, resolver cálculos o encontrar antecedentes sobre prácticamente cualquier tema.

Pero hay algo que conviene decir con claridad: tener más información no significa necesariamente tener más conocimiento.

La inteligencia artificial puede proporcionarnos datos, antecedentes, comparaciones y explicaciones. Puede ayudarnos de materia extraordinaria. Pero no puede reemplazar aquello que cada persona debe aportar, su formación, su experiencia, su cultura, su capacidad de razonamiento y, fundamentalmente, su criterio.

Porque para aprovechar verdaderamente la inteligencia artificial hay que saber preguntar. Y para saber preguntar hay que tener una base de conocimiento que nos permita comprender la respuesta, discutirla y, cuando sea necesario, desconfiar de ella.

Una persona formada puede utilizar la inteligencia artificial como punto de partida. Puede comparar una respuesta, descubrir una contradicción, advertir un error y profundizar allí donde encuentra algo interesante. Quien carece de conocimientos corre, en cambio, el riesgo de aceptar como verdadero todo lo que aparece en una pantalla.
Y allí está uno de los grandes peligros de esta nueva y extraordinaria herramienta.

Durante muchos años pensamos que el gran problema era la falta de información. Hoy comenzamos a descubrir que podemos tener el problema contrario, una cantidad prácticamente infinita de información y una capacidad insuficiente para comprenderla.

Por eso la llegada de la inteligencia artificial, lejos de disminuir la importancia de la educación, la hace todavía más necesaria.

Y esto debería preocuparnos especialmente cuando pensamos en nuestros jóvenes.

Sería un gravísimo error que la escuela respondiera a esta revolución simplemente prohibiendo la inteligencia artificial. Pero sería igualmente grave permitir que los alumnos la utilicen para evitar el esfuerzo de leer, escribir, calcular, investigar y razonar.

Un estudiante puede pedirle a una máquina que redacte una página sobre San Martín, Alberdi, Cervantes o Shakespeare. Puede recibirla en segundos. Pero si nunca leyó, si desconoce la historia, si no aprendió a relacionar los acontecimientos y si carece de elementos para juzgar lo que recibe, tendrá un magnífico texto delante de sus ojos y muy poco conocimiento dentro de sí.

Por eso necesitamos mejores escuelas, mejores universidades, buenos libros y, sobre todo, buenos maestros y profesores.

La gran misión educativa de nuestro tiempo ya no será solamente enseñar a encontrar información. Será enseñar qué hacer con ella.

Enseñar a preguntar. Enseñar a comprobar. Enseñar a comparar. Enseñar a desconfiar razonablemente. Enseñar a distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre un argumento y una ocurrencia, entre saber algo y simplemente haberlo encontrado en Internet.

La inteligencia artificial puede poner delante de un joven una biblioteca como jamás la tuvo ninguna generación anterior. Eso es maravilloso. Pero alguien debe enseñarle a entrar en esa biblioteca.

La inteligencia artificial no debería servir para que nuestros jóvenes estudien menos. Debería permitirles aprender más, investigar más profundamente y llegar mucho más lejos.

Esta formidable revolución tecnológica nos plantea entonces una paradoja: cuanto más inteligentes sean las máquinas, mayor deberá ser nuestro esfuerzo por formar seres humanos inteligentes, cultos, libres y capaces de pensar por sí mismos.

Porque podemos entregarles a nuestros jóvenes la inteligencia artificial más poderosa del mundo. Pero si antes no les entregamos educación, cultura y criterio, les estaremos dando una herramienta extraordinaria sin enseñarles verdaderamente a utilizarla.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar respuestas. La educación, en cambio, debe enseñarnos a formular las preguntas.

Y mientras una máquina pueda respondernos casi cualquier cosa, seguirá existiendo una responsabilidad exclusivamente humana que ninguna tecnología debería asumir por nosotros: pensar.

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