El discurso de Milei en la ONU (2da parte)

Sobre la Inteligencia artificial, el presidente sostuvo que Argentina no debe regularla preventivamente y defendió un desarrollo con la menor intervención estatal posible. Incluso anunció su intención de convertir al país en un polo competitivo para esta tecnología.

Aquí tenemos una diferencia.
No se trata de frenar la inteligencia artificial. Sería absurdo pretender detener una revolución tecnológica que ya está transformando la medicina, la educación, la producción y nuestra vida cotidiana. Pero tampoco parece prudente sostener que el mercado y las empresas pueden resolver por sí solos todos sus riesgos.

Precisamente mientras Milei defendía esta posición, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, reclamaba un marco internacional para gobernar los riesgos de la inteligencia artificial, con mecanismos de supervisión.

Libertad para investigar, libertad para innovar, sí. Pero también responsabilidad.
Porque cuando una tecnología adquiere semejante capacidad para influir sobre la información, la seguridad, el empleo, la privacidad e incluso los sistemas militares, alguna clase de reglas deberá existir. El desafío no consiste en elegir entre libertad y regulación

Milei la presentó fundamentalmente como una extraordinaria oportunidad para aumentar la productividad y rechazó que el temor conduzca a una regulación que limite su desarrollo.

Aquí podemos acompañar el entusiasmo por el progreso tecnológico y, al mismo tiempo, formular una advertencia. La libertad es uno de los grandes principios constitucionales argentinos, pero nunca fue concebida como una libertad sin límites.

El propio artículo 19 de nuestra Constitución establece la frontera fundamental: la libertad individual encuentra un límite cuando se perjudica a terceros. Este viejo principio puede resultar sorprendentemente moderno frente a la inteligencia artificial.
Innovar, sí. Investigar, por supuesto. Convertir a la Argentina en protagonista de esta revolución tecnológica, también. Pero cuando están en juego la privacidad, la seguridad, la manipulación de la información, las armas autónomas o eventualmente riesgos mucho mayores, la libertad debe convivir con la responsabilidad.

Quizás la reflexión más importante que deja el discurso presidencial. Es preguntarnos ¿Qué Nación queremos ser?

Una Nación libre, ciertamente. Una Nación próspera. Una Nación soberana. Una Nación abierta al mundo.
Pero también una Nación republicana, federal, respetuosa de la ley y consciente de que la libertad solamente puede perdurar cuando está acompañada por instituciones sólidas.

Porque Alberdi pensó la libertad económica, pero también nos legó un orden constitucional.
Y nuestros constituyentes no escribieron solamente “libertad”.

Escribieron también unión nacional, justicia, paz interior, defensa común y bienestar general.
Tal vez allí, en ese equilibrio extraordinario que establece nuestra Ley Suprema, siga encontrándose, más de ciento setenta años después, una de las mejores definiciones de Nación Argentina.

 

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