11 de septiembre, veinticinco años después

Poco después de las 8.45 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, la rutina de Nueva York quedó brutalmente interrumpida. Un avión de pasajeros secuestrado impactó contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos más tarde, una segunda aeronave se estrelló contra la Torre Sur.Ya no había dudas, Estados Unidos estaba siendo atacado.


Un tercer avión impactó contra el Pentágono, símbolo del poder militar norteamericano. Y un cuarto, el vuelo 93 de United Airlines, cayó en un campo de Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes decidieran enfrentarse a los secuestradores. Sabían lo que había sucedido en Nueva York y Washington y comprendieron que su avión sería utilizado como otra arma. Su reacción impidió que alcanzara el objetivo previsto en la capital estadounidense.
(La Casa Blanca o el Capitolio)

En pocas horas, casi tres mil seres humanos perdieron la vida. Hombres y mujeres de numerosas nacionalidades, religiones y condiciones sociales. Entre ellos, cientos de bomberos, policías y rescatistas que ingresaron a las Torres Gemelas mientras miles de personas trataban desesperadamente de salir.

El mundo contempló aquellas imágenes en directo. Vimos el humo, el fuego y finalmente el derrumbe de dos edificios que parecían indestructibles.

Pero aquel 11 de septiembre no solamente cayeron las Torres Gemelas. También cayó una sensación de seguridad que buena parte de Occidente había construido después del final de la Guerra Fría.

El terrorismo demostró que un pequeño grupo de fanáticos podía provocar una tragedia de dimensiones históricas y alterar la política mundial. Después vinieron Afganistán, Irak, nuevas guerras, mayores controles en los aeropuertos, servicios de inteligencia reforzados y un debate que todavía continúa: hasta dónde puede llegar un Estado para defender la seguridad sin sacrificar las libertades que pretende proteger.

Han transcurrido veinticinco años y el mundo continúa convulsionado. Las guerras, el terrorismo, los fanatismos religiosos y políticos, los nacionalismos extremos y la intolerancia siguen presentes. Cambian los escenarios y cambian los protagonistas, pero permanece un peligro esencial: la pretensión de imponer las propias ideas mediante la violencia.

Por eso recordar el 11 de septiembre no significa solamente mirar hacia atrás. Significa comprender que ninguna civilización está definitivamente a salvo de la barbarie y que la respuesta no puede ser otra barbarie.

Frente al fanatismo debemos defender la libertad. Frente al odio, la convivencia. Frente al terrorismo, la firmeza de la ley y de las instituciones.
Y frente al olvido, la memoria.

Porque aquellas casi tres mil personas que salieron de sus casas una mañana cualquiera y nunca regresaron nos recuerdan, veinticinco años después, cuánto puede destruir el odio y cuánto debemos hacer para preservar la paz.

El 11 de septiembre de 2001 cambió al mundo. Que veinticinco años después también nos ayude a reflexionar sobre el mundo que todavía somos capaces de construir.

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