San Martín un prócer de dimensión universal
Ayer, 17 de agosto, los argentinos recordamos el paso a la inmortalidad del general José de San Martín, Padre de la Patria y una de las figuras más extraordinarias de la historia americana.
San Martín nació en Yapeyú, Corrientes, pero siendo todavía un niño viajó con su familia a España, donde recibió una sólida formación militar. Combatió durante más de veinte años al servicio del ejército español, se destacó en numerosas acciones, entre ellas, la batalla de Bailén, y llegó a alcanzar el grado de teniente coronel.
Sin embargo, cuando en América comenzaron las luchas por la emancipación, decidió regresar a su tierra natal y poner toda su experiencia al servicio de la libertad. Aquí creó el Regimiento de Granaderos a Caballo y concibió un plan de dimensiones continentales: consolidar la independencia argentina, liberar Chile y avanzar por el Pacífico hasta el Perú, centro del poder español en América del Sur.
El cruce de los Andes, realizado con un ejército completo, constituye una de las mayores hazañas militares de todos los tiempos. No fue solamente una proeza física, sino también una extraordinaria operación estratégica, logística y humana, estudiada y admirada en ámbitos militares de numerosos países.
San Martín no fue un militar más. Fue un estratega excepcional, un libertador de pueblos y un hombre que, pudiendo concentrar un enorme poder, prefirió apartarse antes que involucrar a sus compatriotas en una guerra civil.
Por eso, al recordar su paso a la inmortalidad, no evocamos solamente al héroe de los Andes. Recordamos también al hombre austero y generoso que entendió que la verdadera grandeza no consiste en conquistar el poder, sino en ponerlo al servicio de la libertad.
San Martín debería ser un modelo para nuestros dirigentes actuales. No solamente por sus capacidades, sino también por su austeridad, su sentido del deber y su absoluto desinterés personal.
San Martín nunca antepuso sus ambiciones al destino de la patria. Pudiendo concentrar poder, eligió renunciar a él. Pudiendo participar en enfrentamientos internos, se negó a derramar sangre de hermanos; y habiendo alcanzado la gloria, terminó sus días lejos de su tierra, sin reclamar privilegios ni recompensas.
Cuánto necesita hoy la Argentina de dirigentes capaces de imitar esa conducta, hombres y mujeres que entiendan que gobernar no es servirse del Estado, sino servir a la Nación; que el adversario no es un enemigo y que los intereses personales o partidarios jamás deben colocarse por encima del bien común.
Honrar a San Martín no consiste únicamente en recordarlo cada 17 de agosto. Consiste, sobre todo, en recuperar sus valores y convertirlos en una guía para nuestra vida pública.
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