Las invisibles compañías
Hay textos que uno recibe y simplemente reenvía. Y hay otros que, por alguna razón difícil de explicar, nos obligan a detenernos. El que llegó a mis manos hablaba de una mañana de lluvia, de una taza de café y de esas compañías invisibles que van poblando nuestra vida con el paso de los años.
Y me hizo pensar.Cuando somos jóvenes creemos que la riqueza está fundamentalmente en lo que tenemos por delante. Los proyectos, los viajes, las conquistas, el trabajo, los sueños todavía pendientes. Vivimos mirando hacia el futuro porque sentimos que el tiempo es casi infinito.
Pero llega una edad en que descubrimos otra forma de riqueza.
Comprendemos que también somos todo aquello que hemos ido guardando dentro de nosotros.
Somos los libros que alguna vez nos conmovieron. Somos las canciones que acompañaron nuestros amores y nuestras tristezas. Somos las películas que nunca olvidamos, los cuadros que alguna vez contemplamos maravillados, los lugares que conocimos y, sobre todo, las personas que caminaron junto a nosotros.
Algunas siguen aquí. Otras ya se fueron.
Pero curiosamente, quienes se fueron no desaparecen del todo.
Un aroma puede devolvernos una casa de hace sesenta años. Una canción puede traernos nuevamente la voz de alguien querido. Una fotografía puede reconstruir, en apenas unos segundos, una tarde que creíamos olvidada. Una frase puede hacernos escuchar nuevamente a nuestros padres, a un maestro, a un amigo.
Y entonces comprendemos que la memoria tiene una extraordinaria capacidad para vencer al tiempo.
Por eso me gustó tanto aquella imagen de García Márquez, Benedetti, Cortázar o Sabines apareciendo en una mañana lluviosa; de Monet, Van Gogh o Frida Kahlo poblando un jardín; de Serrat, Silvio Rodríguez o Sabina recorriendo con sus canciones los pasillos de una casa.
Porque, de alguna manera, eso nos ocurre a todos.
Cada uno tiene sus propias compañías invisibles.
No necesariamente serán grandes escritores, pintores o músicos. Puede ser una madre que ya no está. Un padre cuya voz todavía recordamos. Un hermano, un amigo de la juventud, un compañero de trabajo, alguien con quien compartimos una parte importante del camino.
Y quizás allí se encuentre uno de los privilegios menos mencionados de llegar a viejo.
Hemos perdido muchas cosas, naturalmente. El cuerpo ya no responde como antes. Los pasos son más lentos. Algunas posibilidades quedaron definitivamente atrás. Pero, al mismo tiempo, llevamos dentro una riqueza que cuando éramos jóvenes sencillamente no teníamos: una vida entera.
Una biblioteca de recuerdos.
Un museo de imágenes.
Una interminable colección de voces, canciones, lugares, alegrías y también dolores que nos hicieron ser quienes somos.
Por eso la soledad nunca es absoluta mientras conservemos la memoria y la capacidad de emocionarnos.
Qué hermoso es poder mirar todavía la lluvia detrás de una ventana, escuchar una vieja canción, abrir un libro conocido o simplemente cerrar los ojos y descubrir que, silenciosamente, vuelven a sentarse a nuestro lado tantos seres queridos.
Tal vez en eso consista una de las grandes recompensas de los años.
Llegar a cierta edad y comprender que el tiempo no solamente se llevó cosas.
También nos dejó muchas.
Y que al final de una larga vida podemos descubrir, quizás con cierta sorpresa, que nunca caminamos completamente solos.
Nos acompañan todos aquellos a quienes amamos, todo aquello que admiramos y toda la belleza que alguna vez tuvimos la sensibilidad de dejar entrar en nuestra alma.
Hemos perdido muchas cosas, naturalmente. El cuerpo ya no responde como antes. Los pasos son más lentos. Algunas posibilidades quedaron definitivamente atrás. Pero, al mismo tiempo, llevamos dentro una riqueza que cuando éramos jóvenes sencillamente no teníamos: una vida entera.
Una biblioteca de recuerdos.
Un museo de imágenes.
Una interminable colección de voces, canciones, lugares, alegrías y también dolores que nos hicieron ser quienes somos.
Por eso la soledad nunca es absoluta mientras conservemos la memoria y la capacidad de emocionarnos.
Qué hermoso es poder mirar todavía la lluvia detrás de una ventana, escuchar una vieja canción, abrir un libro conocido o simplemente cerrar los ojos y descubrir que, silenciosamente, vuelven a sentarse a nuestro lado tantos seres queridos.
Tal vez en eso consista una de las grandes recompensas de los años.
Llegar a cierta edad y comprender que el tiempo no solamente se llevó cosas.
También nos dejó muchas.
Y que al final de una larga vida podemos descubrir, quizás con cierta sorpresa, que nunca caminamos completamente solos.
Nos acompañan todos aquellos a quienes amamos, todo aquello que admiramos y toda la belleza que alguna vez tuvimos la sensibilidad de dejar entrar en nuestra alma.
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