La Odisea, los clásicos no mueren
El singular éxito que está alcanzando el film “La Odisea”, inspirado en el inmortal poema de Homero, nos deja una reflexión que va mucho más allá del cine: los clásicos no desaparecen, no envejecen, no mueren.
Han pasado casi tres mil años desde que aquellas historias comenzaron a transmitirse en el mundo griego. Cambiaron los imperios, las naciones, las lenguas, las religiones, las costumbres y las tecnologías. Llegamos desde la tradición oral hasta la inteligencia artificial. Y, sin embargo, seguimos acompañando a Ulises en su interminable viaje de regreso a Ítaca.
¿Por qué?
Porque La Odisea no habla solamente de dioses, monstruos, sirenas, cíclopes y tempestades. Habla del hombre. Habla del deseo de regresar a casa, del amor, de la fidelidad, de la tentación, del miedo, del coraje, de la inteligencia frente a la fuerza, de la nostalgia por aquello que dejamos atrás.
Ulises quiere volver a Ítaca. Quiere regresar junto a Penélope y recuperar su hogar. Y ese deseo tan sencillo y tan profundamente humano puede comprenderlo un griego del siglo VIII antes de Cristo y también un hombre o una mujer del siglo XXI.
Allí reside el secreto de los clásicos.
Lo mismo ocurre con Sófocles, Virgilio, Dante, Shakespeare o Cervantes. Los seguimos leyendo porque, aunque pertenecen a épocas lejanas, continúan hablándonos de nosotros mismos. Cambian los escenarios, pero permanecen las grandes preguntas del ser humano.
Tal vez por eso resulta alentador que una obra nacida hace tantos siglos vuelva a despertar curiosidad entre millones de personas. Algunos conocerán a Homero por primera vez a través del cine. Otros regresarán al libro que leyeron en su juventud. Y muchos jóvenes descubrirán que detrás de una película espectacular existe una de las obras fundacionales de nuestra cultura.
Los clásicos constituyen una parte esencial de la civilización que hemos heredado. No son piezas arqueológicas encerradas en una biblioteca. Están vivos porque nosotros seguimos encontrándonos en ellos.
Quizás Ítaca sea, finalmente, mucho más que una isla.
¿Por qué?
Porque La Odisea no habla solamente de dioses, monstruos, sirenas, cíclopes y tempestades. Habla del hombre. Habla del deseo de regresar a casa, del amor, de la fidelidad, de la tentación, del miedo, del coraje, de la inteligencia frente a la fuerza, de la nostalgia por aquello que dejamos atrás.
Ulises quiere volver a Ítaca. Quiere regresar junto a Penélope y recuperar su hogar. Y ese deseo tan sencillo y tan profundamente humano puede comprenderlo un griego del siglo VIII antes de Cristo y también un hombre o una mujer del siglo XXI.
Allí reside el secreto de los clásicos.
Lo mismo ocurre con Sófocles, Virgilio, Dante, Shakespeare o Cervantes. Los seguimos leyendo porque, aunque pertenecen a épocas lejanas, continúan hablándonos de nosotros mismos. Cambian los escenarios, pero permanecen las grandes preguntas del ser humano.
Tal vez por eso resulta alentador que una obra nacida hace tantos siglos vuelva a despertar curiosidad entre millones de personas. Algunos conocerán a Homero por primera vez a través del cine. Otros regresarán al libro que leyeron en su juventud. Y muchos jóvenes descubrirán que detrás de una película espectacular existe una de las obras fundacionales de nuestra cultura.
Los clásicos constituyen una parte esencial de la civilización que hemos heredado. No son piezas arqueológicas encerradas en una biblioteca. Están vivos porque nosotros seguimos encontrándonos en ellos.
Quizás Ítaca sea, finalmente, mucho más que una isla.
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