¿Estamos preparados para un terremoto?

América Latina vuelve a estremecerse, en el sentido más dolorosamente literal de la palabra.

Todavía no terminamos de asimilar la tragedia provocada por el terremoto que sacudió Venezuela el pasado 24 de junio, cuando un nuevo y violento sismo golpeó a la vecina Colombia. Allí, mientras escribimos estas líneas, los equipos de rescate continúan buscando personas entre los escombros y las cifras de víctimas todavía están en evolución.

Dos tragedias cercanas, en países hermanos, que inevitablemente nos obligan a mirar hacia nuestra propia realidad.

Y la pregunta es sencilla, pero inquietante: ¿está preparada San Miguel de Tucumán para soportar un terremoto de magnitud considerable?
 
Porque debemos comenzar por desterrar una falsa sensación de seguridad. Tucumán no está exento de actividad sísmica. Los movimientos registrados periódicamente por el Instituto Nacional de Prevención Sísmica nos recuerdan que la tierra también se mueve bajo nuestros pies.

Es cierto que existen normas para las construcciones sismorresistentes. El reglamento INPRES-CIRSOC 103 establece criterios técnicos precisamente destinados a disminuir la vulnerabilidad de los edificios frente a un terremoto. Pero una norma escrita no sostiene un edificio. Lo sostiene su efectivo cumplimiento.
 
Y allí comienzan las preguntas que deberíamos hacernos.

¿Las construcciones nuevas de San Miguel de Tucumán cumplen rigurosamente las exigencias sismorresistentes? ¿Se controla efectivamente su cumplimiento durante la ejecución de las obras? ¿Qué ocurre con los edificios antiguos? ¿Qué sucede cuando una vivienda es ampliada o modificada muchos años después de haber sido construida? ¿Tenemos identificadas las edificaciones de mayor vulnerabilidad?

Y existe otra cuestión igualmente importante: ¿tenemos un verdadero plan de emergencia para el día después?

Un terremoto no solamente pone a prueba los edificios. Pone a prueba hospitales, bomberos, servicios de emergencia, comunicaciones, energía eléctrica, agua potable, accesos, calles y capacidad de evacuación. Una ciudad puede tener buenos edificios y, sin embargo, encontrarse desbordada si carece de organización para enfrentar la catástrofe.

No podemos impedir un terremoto. Tampoco podemos saber exactamente cuándo ocurrirá. Pero sí podemos evitar que un fenómeno natural se transforme, por imprevisión humana, en una tragedia mucho mayor.

Las imágenes que llegan desde Venezuela y Colombia deberían servirnos como advertencia.
No se trata de generar temor. Todo lo contrario. Se trata de generar prevención.

Sería saludable que las autoridades municipales y provinciales informaran públicamente cuál es el grado de cumplimiento de las normas sismorresistentes en Tucumán, cómo se fiscalizan las nuevas construcciones, qué evaluación existe sobre los edificios antiguos y cuál es el protocolo previsto ante un terremoto de gran magnitud.

Porque estas preguntas hay que formularlas antes de la tragedia y no después.
Después, cuando los edificios han caído, cuando comienzan las búsquedas entre los escombros y cuando contamos muertos, ya es demasiado tarde.

La naturaleza no avisa.
La prevención, en cambio, depende exclusivamente de nosotros.

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