El rumbo y la gente Primera parte
Las declaraciones del jefe de Gabinete, Diego Santilli, ante empresarios reunidos en el encuentro organizado por el Consejo de las Américas y la Cámara Argentina de Comercio, constituyen una ratificación muy clara del rumbo político, económico e internacional que ha elegido el Gobierno nacional.
Santilli hizo una fuerte defensa de la política exterior del presidente Javier Milei y marcó diferencias profundas con los gobiernos kirchneristas. Habló de una Argentina que durante muchos años, según su visión, se alejó del mundo democrático occidental y buscó vinculaciones con Cuba, Nicaragua, Venezuela, Irán y hasta con la Libia de Muamar Gaddafi.
Frente a ese pasado, el Gobierno propone otro camino: un alineamiento decidido con los Estados Unidos, una mayor integración con las economías occidentales, apertura al comercio internacional, desarrollo energético, promoción de las exportaciones y búsqueda de inversiones.
Durante demasiado tiempo, la Argentina cambió de dirección cada cuatro u ocho años. Lo que un gobierno construía, el siguiente muchas veces lo destruía. Se modificaban las reglas, los impuestos, las políticas comerciales, las relaciones internacionales y hasta la concepción misma del papel del Estado. Y así nos fue, décadas de estancamiento y pobreza creciente.
No caben dudas, ningún país puede desarrollarse seriamente de esa manera.
Por eso resulta razonable aspirar a una Argentina integrada al mundo, respetuosa de los contratos, capaz de atraer inversiones y de aprovechar extraordinariamente bien sus recursos naturales.
Tenemos Vaca Muerta. Tenemos minería. Tenemos uno de los sectores agroindustriales más competitivos del planeta. Tenemos recursos humanos, tecnología, capacidad empresarial y posibilidades enormes de incrementar nuestras exportaciones.
En términos generales, compartimos esos objetivos. Pero aquí comienza la otra parte de esta reflexión.
Porque mientras hablamos de inversiones, exportaciones, equilibrio fiscal, riesgo país, reservas o crecimiento económico, existe otra Argentina. Es la Argentina del supermercado, de la farmacia, de la factura de electricidad, del alquiler, del jubilado y del pequeño comerciante.Es la Argentina de la economía cotidiana.
Y allí todavía hay dificultades muy importantes.
Los éxitos de la macroeconomía no se trasladan automáticamente a la microeconomía. Pueden mejorar las cuentas públicas y, al mismo tiempo, existir familias que llegan con enormes dificultades a fin de mes. Puede crecer la producción energética mientras un jubilado debe hacer cuentas para comprar sus medicamentos. Pueden aumentar las exportaciones mientras una pequeña empresa lucha por mantener abiertos sus talleres y conservar sus puestos de trabajo.
No existe necesariamente una contradicción entre ambas realidades.
Lo que existe es un desafío.
Frente a ese pasado, el Gobierno propone otro camino: un alineamiento decidido con los Estados Unidos, una mayor integración con las economías occidentales, apertura al comercio internacional, desarrollo energético, promoción de las exportaciones y búsqueda de inversiones.
Durante demasiado tiempo, la Argentina cambió de dirección cada cuatro u ocho años. Lo que un gobierno construía, el siguiente muchas veces lo destruía. Se modificaban las reglas, los impuestos, las políticas comerciales, las relaciones internacionales y hasta la concepción misma del papel del Estado. Y así nos fue, décadas de estancamiento y pobreza creciente.
No caben dudas, ningún país puede desarrollarse seriamente de esa manera.
Por eso resulta razonable aspirar a una Argentina integrada al mundo, respetuosa de los contratos, capaz de atraer inversiones y de aprovechar extraordinariamente bien sus recursos naturales.
Tenemos Vaca Muerta. Tenemos minería. Tenemos uno de los sectores agroindustriales más competitivos del planeta. Tenemos recursos humanos, tecnología, capacidad empresarial y posibilidades enormes de incrementar nuestras exportaciones.
En términos generales, compartimos esos objetivos. Pero aquí comienza la otra parte de esta reflexión.
Porque mientras hablamos de inversiones, exportaciones, equilibrio fiscal, riesgo país, reservas o crecimiento económico, existe otra Argentina. Es la Argentina del supermercado, de la farmacia, de la factura de electricidad, del alquiler, del jubilado y del pequeño comerciante.Es la Argentina de la economía cotidiana.
Y allí todavía hay dificultades muy importantes.
Los éxitos de la macroeconomía no se trasladan automáticamente a la microeconomía. Pueden mejorar las cuentas públicas y, al mismo tiempo, existir familias que llegan con enormes dificultades a fin de mes. Puede crecer la producción energética mientras un jubilado debe hacer cuentas para comprar sus medicamentos. Pueden aumentar las exportaciones mientras una pequeña empresa lucha por mantener abiertos sus talleres y conservar sus puestos de trabajo.
No existe necesariamente una contradicción entre ambas realidades.
Lo que existe es un desafío.
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