El estrecho de Ormuz entre la declaración y el derecho
El presidente Donald Trump ha declarado al estratégico estrecho de Ormuz como territorio de los Estados Unidos. La afirmación es de una enorme gravedad y, al mismo tiempo, merece algunas precisiones jurídicas para comprender qué significa realmente.
En primer lugar, una declaración presidencial no convierte por sí sola un territorio extranjero en territorio norteamericano. El presidente de los Estados Unidos tiene amplísimas facultades en política exterior y como comandante en jefe, pero la incorporación de nuevos territorios requiere la intervención del Congreso o, si se realiza mediante un tratado, la participación del Senado en su ratificación.
Pero en el caso de Ormuz existe una dificultad todavía mayor. No estamos hablando de una tierra sin dueño. El estrecho se encuentra entre Irán y Omán y sus aguas están sometidas a soberanías nacionales y a las normas internacionales que garantizan la navegación por un paso marítimo fundamental para el mundo.
Por lo tanto, ni siquiera una decisión conjunta del presidente y del Congreso norteamericano bastaría para transformar unilateralmente esas aguas en territorio estadounidense. Una ley de los Estados Unidos puede tener efectos dentro de los Estados Unidos, pero no puede borrar por sí misma los derechos soberanos de otros países.
Aquí debemos distinguir dos conceptos que muchas veces se confunden: control militar y soberanía territorial no son lo mismo.
Los Estados Unidos poseen una extraordinaria capacidad naval y pueden ejercer, de hecho, un enorme control sobre la navegación en la región. Pero controlar militarmente un estrecho no significa ser jurídicamente su propietario.
Y nuestra posición debe ser clara. Más allá de las simpatías o antipatías que puedan despertar Trump, Irán o cualquiera de los protagonistas de este conflicto, el orden internacional no puede depender exclusivamente de la fuerza del más poderoso.
Si aceptáramos que una gran potencia puede declarar unilateralmente como propio un territorio porque posee la capacidad militar para controlarlo, estaríamos regresando a una concepción del mundo que creíamos superada.
El estrecho de Ormuz es demasiado importante para la economía y para la paz mundial como para convertirlo en objeto de declaraciones territoriales unilaterales.
La fuerza puede permitir controlar un territorio durante un tiempo. Pero la fuerza, por sí sola, no crea el derecho. Y esa diferencia, especialmente en momentos de enorme tensión internacional, es indispensable recordarla.
Pero en el caso de Ormuz existe una dificultad todavía mayor. No estamos hablando de una tierra sin dueño. El estrecho se encuentra entre Irán y Omán y sus aguas están sometidas a soberanías nacionales y a las normas internacionales que garantizan la navegación por un paso marítimo fundamental para el mundo.
Por lo tanto, ni siquiera una decisión conjunta del presidente y del Congreso norteamericano bastaría para transformar unilateralmente esas aguas en territorio estadounidense. Una ley de los Estados Unidos puede tener efectos dentro de los Estados Unidos, pero no puede borrar por sí misma los derechos soberanos de otros países.
Aquí debemos distinguir dos conceptos que muchas veces se confunden: control militar y soberanía territorial no son lo mismo.
Los Estados Unidos poseen una extraordinaria capacidad naval y pueden ejercer, de hecho, un enorme control sobre la navegación en la región. Pero controlar militarmente un estrecho no significa ser jurídicamente su propietario.
Y nuestra posición debe ser clara. Más allá de las simpatías o antipatías que puedan despertar Trump, Irán o cualquiera de los protagonistas de este conflicto, el orden internacional no puede depender exclusivamente de la fuerza del más poderoso.
Si aceptáramos que una gran potencia puede declarar unilateralmente como propio un territorio porque posee la capacidad militar para controlarlo, estaríamos regresando a una concepción del mundo que creíamos superada.
El estrecho de Ormuz es demasiado importante para la economía y para la paz mundial como para convertirlo en objeto de declaraciones territoriales unilaterales.
La fuerza puede permitir controlar un territorio durante un tiempo. Pero la fuerza, por sí sola, no crea el derecho. Y esa diferencia, especialmente en momentos de enorme tensión internacional, es indispensable recordarla.
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