El divorcio no debe convertirse en un mero trámite administrativo


Para quienes estamos convencidos de que el matrimonio constituye uno de los pilares fundamentales de la familia y de la sociedad, resulta preocupante cualquier iniciativa que pretenda convertir su disolución en un simple trámite administrativo.
 
A partir del 1 de noviembre de 2026, los Juzgados de Paz Letrados de Tucumán podrán tramitar procesos de divorcio según lo dispuesto por la Suprema Corte de Justicia en acordada N.º 734/26, la cual reglamenta la aplicación de la Ley Provincial N.º 9.987.
 
No se trata de desconocer la realidad. Existen matrimonios que fracasan. Existen situaciones de violencia, abandono, graves conflictos o circunstancias excepcionales en las que la separación resulta inevitable y hasta necesaria. La ley debe contemplarlas y proteger, sobre todo, a quienes se encuentren en situación de vulnerabilidad.
 
Pero de allí a considerar que un vínculo matrimonial pueda disolverse con la misma sencillez con la que se realiza un trámite ante un juez de paz hay una enorme distancia.
 
El matrimonio supone un compromiso. Dos personas deciden construir una vida común y, muchas veces, de esa unión nacen hijos, se forma un patrimonio y se establecen responsabilidades que exceden ampliamente la voluntad circunstancial de los cónyuges.
 
Por eso el Estado no debería transmitir el mensaje de que casarse constituye un acto solemne y trascendente, pero divorciarse apenas una gestión administrativa.
Una sociedad también educa mediante sus leyes. Y cuando las instituciones pierden solemnidad, responsabilidades y consecuencias, corremos el riesgo de ir debilitándolas poco a poco.
 
Defender la estabilidad matrimonial no significa obligar a dos personas a permanecer juntas cuando la convivencia se ha vuelto imposible. Significa afirmar que el matrimonio merece protección, reflexión y responsabilidad.
 
La familia continúa siendo, con todas las transformaciones que ha experimentado nuestra sociedad, una institución fundamental. Allí se transmiten afectos, valores, responsabilidades y solidaridad entre generaciones. Podemos modernizar procedimientos. Podemos evitar burocracias innecesarias. Pero no deberíamos confundir modernización con banalización.
 
El divorcio puede ser, algunas veces, una solución necesaria. Lo que no debería convertirse nunca es en un acto trivial. Porque si queremos familias fuertes, debemos comenzar por reconocer que los compromisos importantes de la vida también merecen instituciones fuertes.

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