Algo o alguien por que vivir
Hay pensamientos que parecen escritos para acompañarnos durante toda la vida. Viktor Frankl, el gran psiquiatra y filósofo austríaco, dejó uno de ellos: “No hay nada en el mundo que capacite tanto a una persona como la conciencia de tener una tarea en la vida”.
Frankl no escribió estas palabras desde la comodidad de un escritorio. Sobrevivió al Holocausto, pasó por campos de concentración nazis y conoció el hambre, la humillación, la pérdida y la cercanía cotidiana de la muerte. De aquella experiencia terrible extrajo una conclusión profundamente humana: al hombre pueden quitarle casi todo, pero mientras conserve un motivo para vivir, conserva también una extraordinaria capacidad para resistir.Esa fue la esencia de la logoterapia, la llamada tercera escuela vienesa de psicoterapia, después de Sigmund Freud y Alfred Adler. Freud había puesto el acento en la búsqueda del placer; Adler, en la voluntad de poder y superación. Frankl habló de algo diferente: la voluntad de sentido.
Y tal vez esa enseñanza adquiera todavía mayor profundidad cuando envejecemos.
La vejez trae inevitablemente limitaciones. El cuerpo ya no responde de la misma manera. Algunas actividades que antes parecían naturales comienzan a exigir esfuerzo. Perdemos amigos, compañeros de camino y, muchas veces, una parte de nuestra independencia.
Pero hay algo que los años no deberían quitarnos: la sensación de que todavía tenemos una tarea por delante.
Porque una tarea no tiene que ser necesariamente una gran empresa. Puede ser escribir unas líneas, enseñar algo que aprendimos, aconsejar a quien comienza su camino, acompañar a un hijo o a un nieto, conversar con un amigo, participar de nuestra comunidad o simplemente transmitir la experiencia acumulada durante tantos años.
Una sociedad que considera que sus mayores ya no tienen nada que aportar comete un enorme error. La experiencia también es una forma de riqueza. Y quizás una de las misiones de la vejez sea precisamente esa: transmitir lo aprendido para que otros no tengan que comenzar siempre desde cero.
Viktor Frankl murió en Viena a los 92 años. Había atravesado uno de los mayores horrores de la historia y, sin embargo, terminó hablando no de desesperanza, sino de sentido.
Esa puede ser su gran enseñanza.
No importa solamente cuántos años hemos vivido. Importa también preguntarnos, cada mañana, para qué queremos vivir el día que comienza.
Porque mientras exista alguien a quien amar, algo que enseñar, una palabra que decir, una obra que continuar o una pequeña responsabilidad que cumplir, todavía existe una tarea.
Y mientras tengamos una tarea, seguimos teniendo futuro.
Comentarios