Entremezcla explosiva para las instituciones
En los últimos años se han ido entremezclando los mundos de las comunicaciones, del periodismo, de la televisión, de la farándula y de la política. A ese entramado, en ocasiones, se suman también personajes vinculados a actividades oscuras o directamente fuera de la ley. El resultado es una combinación altamente riesgosa para la vida institucional.
Llama la atención, además, la creciente cercanía entre la política y el mundo del espectáculo. Es cada vez más frecuente observar que figuras relevantes de la política establecen vínculos de pareja con periodistas, conductoras de televisión o personalidades del ambiente artístico. Por supuesto, ello pertenece al ámbito privado y no constituye, por sí mismo, ningún reproche. Sin embargo, cuando esas relaciones se entrecruzan con el ejercicio del poder, con la comunicación pública y con la construcción de la opinión de la sociedad, es inevitable que surjan interrogantes sobre los límites, los conflictos de intereses y la necesaria independencia de cada actividad.
Cuando la política, los medios, el espectáculo y, peor aún, los sectores vinculados a la ilegalidad comienzan a mezclarse, la sociedad entera paga el precio. Se debilita la credibilidad, se instala la sospecha permanente y las instituciones pierden prestigio.
Una democracia sana necesita periodistas independientes, políticos sometidos al control ciudadano, una Justicia que actúe sin presiones y medios de comunicación comprometidos con la verdad. Cada uno debe cumplir su función sin invadir la del otro.
Cuando la política, los medios, el espectáculo y, peor aún, los sectores vinculados a la ilegalidad comienzan a mezclarse, la sociedad entera paga el precio. Se debilita la credibilidad, se instala la sospecha permanente y las instituciones pierden prestigio.
Una democracia sana necesita periodistas independientes, políticos sometidos al control ciudadano, una Justicia que actúe sin presiones y medios de comunicación comprometidos con la verdad. Cada uno debe cumplir su función sin invadir la del otro.
Cuando desaparecen esos límites, deja de importar quién tiene razón y comienza a imponerse quién tiene más poder, más influencia o más capacidad para manipular. Ese es el verdadero peligro. Porque las democracias no suelen derrumbarse por una sola explosión: se deterioran lentamente cuando se naturaliza la confusión entre el poder, el espectáculo y los intereses que deberían permanecer separados.
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