Que la política no empañe la visita del Papa
La Argentina se prepara para recibir al papa León XIV. Y la expectativa es enorme. No es para menos. Han transcurrido muchos años desde que un pontífice visitó nuestro país. La última visita fue la de Juan Pablo II, en 1987. Y tenemos una circunstancia muy particular: el papa Francisco, argentino, nacido en Buenos Aires, nunca regresó a su patria durante los doce años de su pontificado.
Por eso, la llegada de León XIV tiene un significado muy especial. Es mucho más que la visita de un jefe de Estado. Es la presencia del máximo representante de la Iglesia católica, de un pastor espiritual que viene a encontrarse con un pueblo que necesita esperanza, serenidad y, sobre todo, unidad.Y aquí quisiera detenerme en una reflexión.
Ojalá que esta visita sea verdaderamente pastoral. Que no se convierta en un escenario de disputas políticas, de especulaciones partidarias o de intentos de apropiarse de la figura del Papa para obtener ventajas circunstanciales.
Porque, lamentablemente, en nuestro país hemos llegado a politizarlo casi todo. Y cuando la política se transforma en enfrentamiento permanente, termina contaminando incluso aquellos acontecimientos que deberían estar por encima de nuestras diferencias.
La Argentina está profundamente dividida. Durante mucho tiempo hablamos de una grieta. Hoy, quizás, deberíamos hablar de varias grietas. Políticas, ideológicas, sociales y hasta culturales. Nos hemos acostumbrado demasiado a enfrentarnos, a descalificarnos y, muchas veces, a dejar de escucharnos.
Pero hay algo que no debemos olvidar: por encima de nuestras diferencias, todos somos argentinos.
Y tenemos ejemplos muy claros en el deporte.
Cuando juega nuestra selección nacional de fútbol, desaparecen por un momento las diferencias políticas. Todos alentamos la misma camiseta. Cuando Franco Colapinto compite en la Fórmula 1, millones de argentinos siguen con entusiasmo su desempeño. Y cuando nuestra selección de rugby representa al país, sentimos también ese orgullo de pertenencia.
¿Por qué somos capaces de unirnos alrededor de una camiseta, de un automovilista o de una bandera y nos cuesta tanto hacerlo alrededor de los grandes valores que deberían sostener nuestra convivencia?
La visita del papa León XIV debería invitarnos precisamente a esa reflexión.
No se trata de que todos pensemos igual. Tampoco de que todos compartamos una misma fe. La Argentina es una nación plural, heredamos de los organizadores de nuestras instituciones la libertad de culto. Conviven en nuestra nación, distintas religiones, creencias y convicciones. Y esa diversidad merece respeto.
Se trata de comprender que hay acontecimientos que deben convocarnos a todos, creyentes y no creyentes, porque transmiten valores universales: la paz, la solidaridad, el respeto, la fraternidad y la dignidad humana.
Naturalmente, el Papa podrá hablar de pobreza, de justicia social, de educación, de los que sufren y de los que menos tienen. Son cuestiones profundamente humanas y forman parte de la misión pastoral de la Iglesia. No debemos confundir ese mensaje con una intervención partidaria.
Lo que debemos evitar es que sus palabras sean utilizadas como armas de una disputa política.
Que nadie pretenda convertir una homilía en una consigna electoral. Que nadie busque apropiarse de su mensaje. Que nadie intente transformar un encuentro espiritual en una demostración de fuerza partidaria. Que la política, entendida como confrontación y oportunismo, quede afuera.
Sería hermoso que, al despedir al papa León XIV, los argentinos pudiéramos sentir que su visita nos dejó algo más que fotografías, ceremonias y multitudes.
Que nos dejó una enseñanza. Que nos ayudó a escucharnos un poco más, a respetarnos un poco más y a comprender que nuestras diferencias no tienen por qué convertirnos en enemigos.
Porque Argentina necesita muchas cosas. Necesita estabilidad económica, trabajo, educación, seguridad y justicia. Pero también necesita recuperar algo que ninguna ley puede imponer y ningún gobierno puede decretar: la voluntad de vivir juntos, de respetarnos y de reconocernos como integrantes de una misma nación.
Ojalá que la visita de León XIV contribuya a recuperar ese espíritu.
Que sea una visita de paz, de esperanza y de fraternidad.
Y que, por una vez, dejemos las disputas de lado y permitamos que un acontecimiento tan trascendente nos recuerde algo tan sencillo como fundamental:
Antes que oficialistas u opositores, antes que peronistas, radicales o libertarios, somos todos argentinos.
Y eso debería unirnos mucho más de lo que hoy nos separa.
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