La fatalidad, el destino, y el misterio de Dios
Un año tiene 365 días. Cada día, 24 horas. Cada hora, 60 minutos. Cada minuto, 60 segundos. En total, más de 31 millones de segundos en un año.
Y entre esos millones de segundos, la fatalidad eligió uno solo. Precisamente aquel en que un sacerdote estaba celebrando misa, cuando una cruz de madera con la imagen de Cristo que se encontraba sobre su cabeza se desprendió y cayó sobre él, provocándole una muerte instantánea.[i]El episodio es estremecedor. Pero más estremecedor todavía es reflexionar sobre su significado.
Un sacerdote que había consagrado su vida a Dios encuentra la muerte precisamente bajo la imagen de Cristo, aquel a quien había dedicado su existencia.
Y entonces surge una pregunta tan antigua como la humanidad: ¿qué es la fatalidad? ¿Es el azar? ¿Es el destino? ¿O es Dios mismo?
Si aquel sacerdote hubiera comenzado la misa unos segundos antes o después, si hubiera dado un paso hacia un costado, si la imagen se hubiera desprendido apenas un instante más tarde, probablemente hoy estaría vivo.
Toda una existencia, con sus años de vocación, de sacrificios, de esperanzas y de servicio, quedó truncada en una fracción de segundo.
La filosofía ha intentado explicar durante siglos la diferencia entre el azar y el destino. El azar sería la coincidencia imprevisible de circunstancias. El destino, en cambio, supone que ciertos acontecimientos están escritos de antemano y que el hombre no puede escapar de ellos.
Pero ¿qué nos dice la religión?
El cristianismo nos enseña que Dios es amor, que es misericordioso y que la vida humana tiene un valor sagrado. Por eso resulta difícil imaginar a un Dios que decide provocar semejante tragedia, y mucho menos contra uno de sus sacerdotes.
La providencia divina no significa necesariamente que Dios determine cada accidente, cada desgracia o cada muerte.
Y, sin embargo, hay coincidencias tan extraordinarias que nuestra razón se resiste a aceptarlas como simples accidentes.
¿Por qué ese sacerdote? ¿Por qué en ese preciso instante? ¿Por qué bajo la imagen de Cristo?
Son preguntas que seguramente nunca tendrán respuesta.
Este episodio nos enfrenta también con una verdad que muchas veces preferimos ignorar: la extraordinaria fragilidad de la vida humana.
Vivimos haciendo proyectos, pensando en mañana, en el próximo año, en todo aquello que todavía queremos realizar. Y olvidamos que nuestra existencia puede depender de un segundo, de un paso, de una circunstancia absolutamente imprevisible.
Quizás la fatalidad sea precisamente eso, el nombre que le damos a aquello que nuestra inteligencia no consigue explicar.
Y quizás la fe no consista en encontrar una explicación para cada tragedia, sino en reconocer humildemente que existen misterios que superan nuestra capacidad de comprensión.
No creo que debamos atribuirle a Dios la responsabilidad de aquella muerte. Sería confundir la voluntad divina con los accidentes de la existencia humana.
Pero tampoco podemos permanecer indiferentes ante una coincidencia de semejante magnitud.
Un sacerdote murió mientras celebraba el misterio de la fe, alcanzado por la imagen de aquel en quien había depositado toda su fe.
Y nosotros, que pretendemos encontrar explicaciones para todo, debemos reconocer que hay acontecimientos ante los cuales la razón se detiene, la filosofía se interroga y la religión guarda silencio.
Porque, finalmente, el mayor misterio no es solamente la muerte. Es la vida misma, que puede depender de un solo segundo entre los millones que nos concede el tiempo.
El cristianismo nos enseña que Dios es amor, que es misericordioso y que la vida humana tiene un valor sagrado. Por eso resulta difícil imaginar a un Dios que decide provocar semejante tragedia, y mucho menos contra uno de sus sacerdotes.
La providencia divina no significa necesariamente que Dios determine cada accidente, cada desgracia o cada muerte.
Y, sin embargo, hay coincidencias tan extraordinarias que nuestra razón se resiste a aceptarlas como simples accidentes.
¿Por qué ese sacerdote? ¿Por qué en ese preciso instante? ¿Por qué bajo la imagen de Cristo?
Son preguntas que seguramente nunca tendrán respuesta.
Este episodio nos enfrenta también con una verdad que muchas veces preferimos ignorar: la extraordinaria fragilidad de la vida humana.
Vivimos haciendo proyectos, pensando en mañana, en el próximo año, en todo aquello que todavía queremos realizar. Y olvidamos que nuestra existencia puede depender de un segundo, de un paso, de una circunstancia absolutamente imprevisible.
Quizás la fatalidad sea precisamente eso, el nombre que le damos a aquello que nuestra inteligencia no consigue explicar.
Y quizás la fe no consista en encontrar una explicación para cada tragedia, sino en reconocer humildemente que existen misterios que superan nuestra capacidad de comprensión.
No creo que debamos atribuirle a Dios la responsabilidad de aquella muerte. Sería confundir la voluntad divina con los accidentes de la existencia humana.
Pero tampoco podemos permanecer indiferentes ante una coincidencia de semejante magnitud.
Un sacerdote murió mientras celebraba el misterio de la fe, alcanzado por la imagen de aquel en quien había depositado toda su fe.
Y nosotros, que pretendemos encontrar explicaciones para todo, debemos reconocer que hay acontecimientos ante los cuales la razón se detiene, la filosofía se interroga y la religión guarda silencio.
Porque, finalmente, el mayor misterio no es solamente la muerte. Es la vida misma, que puede depender de un solo segundo entre los millones que nos concede el tiempo.
[i] El trágico accidente tuvo lugar la noche del sábado 17 de octubre de 2026 en la Iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en la ciudad de Guayaquil. La víctima fue el sacerdote Patricio Alfredo Sánchez Molinari (de 53 años), quien falleció en el acto tras recibir el impacto de una pesada cruz de madera con la imagen de Cristo que se desprendió del altar mientras oficiaba la eucaristía. El suceso quedó registrado en vivo durante una transmisión por Facebook y las autoridades locales iniciaron una investigación para esclarecer las causas de la caída.
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