Los siete pecados capitales del poder

Los antiguos cristianos hablaban de los siete pecados capitales como aquellas faltas que podían desviar al ser humano del camino del bien. Fueron compilados por el Papa Gregorio I en el siglo VI. Son: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Han pasado siglos, pero resulta sorprendente comprobar que esos mismos pecados siguen presentes y muchas veces, en la vida política.

La soberbia aparece cuando un gobernante cree que el poder le pertenece, deja de escuchar a la ciudadanía y se considera por encima de las instituciones y de la ley.
La avaricia se manifiesta cuando la función pública deja de ser un servicio para convertirse en un instrumento de enriquecimiento personal o de beneficios para un pequeño grupo.
Existe también una verdadera lujuria del poder: el deseo irrefrenable de conservar un cargo a cualquier precio, aun cuando para ello deban sacrificarse principios, alianzas o incluso el interés nacional.
La ira se expresa en el lenguaje agresivo, en el insulto permanente, en la descalificación del adversario y en la incapacidad para dialogar, como si la política fuera un campo de batalla y no un espacio para construir acuerdos.
La gula política no consiste en comer más, sino en querer siempre más poder, más cargos, más privilegios, más asesores, más estructuras estatales al servicio de la dirigencia y no de los ciudadanos.
La envidia impide reconocer los aciertos de quienes piensan distinto y lleva a bloquear iniciativas útiles solo porque provienen del adversario.
Finalmente, la pereza se refleja en la falta de estudio, de preparación y de trabajo. Gobernar exige conocimientos, dedicación permanente. Quien improvisa, posterga decisiones o administra con desidia termina perjudicando a toda la sociedad.

Pero por encima de estos siete pecados existe uno que los resume a todos: olvidar el bien común. Cuando un dirigente deja de preguntarse qué necesita la gente, su comunidad, su provincia o su país y comienza a pensar exclusivamente en su carrera política, en su imagen pública o en su conveniencia personal, la política pierde su razón de ser.

Los ciudadanos no necesitan gobernantes perfectos. Necesitan dirigentes honestos, prudentes, trabajadores, capaces de escuchar, de rectificar cuando se equivocan y de poner siempre el interés general por encima de las ambiciones personales. Ese es el verdadero desafío de la política y, quizás, la mejor manera de combatir los siete pecados capitales del poder.

 

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