Las antipatías que despierta la Argentina Parte 2
Ayer nos preguntábamos por qué, después de este Mundial, la selección argentina y, por extensión, ¿los argentinos hemos despertado tantas antipatías en distintos lugares del mundo?
Y, en nuestro análisis reconocíamos que estuvo mal que, al finalizar el partido contra España se produjeron empujones, discusiones y enfrentamientos protagonizados por algunos jugadores e integrantes de los cuerpos técnicos que en cierta forma empañaron lo que fue un buen espectáculo deportivo y el subcampeonato que obtuvo nuestra selección.Uno de los protagonistas del incidente, Roberto Ayala, integrante del cuerpo técnico argentino, reconoció posteriormente su error, expresó su arrepentimiento y manifestó su intención de pedir disculpas personalmente al jugador español Dani Olmo. Ese reconocimiento resulta valioso, porque pedir perdón también es un acto de grandeza.
El problema es que, en la época de las redes sociales, la conducta de unos pocos puede proyectarse sobre millones. Un empujón, una provocación o un gesto desafortunado recorren inmediatamente el mundo y terminan siendo utilizados para juzgar a toda una selección y hasta a todo un país.
No es justo convertir a todos los argentinos en responsables de lo que hicieron unos pocos jugadores. Tampoco es razonable ignorar que, alrededor de la Argentina, existe una campaña de exageraciones, prejuicios y acusaciones que muchas veces exceden ampliamente lo ocurrido dentro de una cancha.
Debemos defender a nuestro país de las generalizaciones injustas, pero también debemos tener la valentía de señalar nuestros propios errores.
La mejor respuesta frente a las antipatías no consiste en insultar a quienes nos critican ni en encerrarnos en un nacionalismo ciego. Consiste en demostrar, mediante nuestra conducta, que la pasión argentina puede convivir con el respeto, la humildad y la caballerosidad deportiva.
Argentina seguirá siendo una potencia futbolística mundial. Seguirá despertando admiración y seguramente también rechazos. Así sucede con aquellos que ocupan lugares importantes y que compiten permanentemente por la gloria.
Porque el éxito casi siempre atrae admiradores, pero también despierta difamadores. En el deporte, como en la vida, cuanto más alto se llega, más intensas son las pasiones que se generan.
También en la derrota se conoce la verdadera grandeza de las personas. Tras la final del Mundial, Lionel Scaloni y Lionel Messi ofrecieron una lección de caballerosidad deportiva que merece ser destacada, el director técnico y el capitán mantuvieron la serenidad, la humildad y el respeto que siempre los han caracterizado. Sin gestos de enojo ni excusas, reconocieron con hidalguía que España había sido un justo vencedor.
Esa actitud dignifica al deporte. Porque ganar enaltece, pero saber perder con grandeza enaltece todavía más. Messi y Scaloni demostraron que el liderazgo no consiste solamente en levantar trofeos, sino también en asumir la derrota con entereza, respetar al adversario y transmitir un ejemplo a millones de jóvenes que los observan en todo el mundo.
Los campeones no se miden únicamente por las estrellas bordadas en la camiseta, sino también por la nobleza con la que aceptan la victoria ajena. Esa es la diferencia entre los grandes jugadores y los verdaderamente grandes del deporte.
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