Las antipatías que despierta la Argentina Parte 1

¿Por qué, después de este Mundial, la selección argentina y, por extensión, los argentinos hemos despertado tantas antipatías en distintos lugares del mundo?

La pregunta resulta difícil de responder porque la Argentina posee una selección admirada internacionalmente, una historia futbolística extraordinaria y figuras universales como Di Estefano, Diego Maradona y Lionel Messi. Nuestro fútbol ha dado belleza, emoción y grandes momentos al deporte más popular del planeta.

Sin embargo, junto con esa admiración, se ha ido formando también una corriente de rechazo. Parte de ella puede explicarse por una realidad muy humana: los equipos que ganan, que ocupan los primeros planos y que se mantienen durante años entre los mejores terminan despertando rivalidades, celos y deseos de verlos derrotados.

Le ocurrió a Brasil, a Alemania, a Italia y a tantas otras potencias. El éxito atrae simpatías, pero también genera resistencias.

Argentina llegó a este Mundial como una de las selecciones más prestigiosas y temidas. Fue avanzando con coraje, con esfuerzo y con esa enorme capacidad competitiva que caracteriza a nuestros jugadores. Alcanzó la final y cayó frente a una gran selección española, que se impuso por un gol en el alargue.

La derrota fue dolorosa, pero absolutamente digna. Llegar a una final mundialista constituye por sí mismo una hazaña que pocos países pueden alcanzar. Nuestros jugadores merecen reconocimiento por el esfuerzo realizado durante todo el torneo.

Pero también debemos tener la honestidad de reconocer aquello que estuvo mal.
Al finalizar el partido contra España se produjeron empujones, discusiones y enfrentamientos protagonizados por algunos jugadores e integrantes de los cuerpos técnicos que en cierta forma empañaron lo que fue un buen espectáculo deportivo y el subcampeonato que obtuvo nuestra selección. La FIFA abrió una investigación disciplinaria por esyos incidentes. También fue muy criticada la actitud de algunos integrantes de la delegación argentina durante la celebración española.

Estas conductas fueron lamentables y no representan a todo el plantel, mucho menos al pueblo argentino. Fueron protagonizadas por unos pocos, posiblemente dominados por la frustración y el dolor de haber perdido una final después de haber estado tan cerca de una nueva consagración.

 Pero comprender el estado emocional no significa justificarlo.

En el deporte hay que saber ganar, pero también hay que saber perder. Reconocer al vencedor, estrecharle la mano y acompañar respetuosamente su celebración son gestos que engrandecen al derrotado.

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