La prudencia también es una virtud de Estado
Las declaraciones del presidente Javier Milei durante un acto político en Brasil, en apoyo a la candidatura de Flavio Bolsonaro y con durísimas descalificaciones hacia el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, merecen una reflexión serena.
Quien ejerce la primera magistratura de una Nación no habla solamente como dirigente de un partido o de una corriente ideológica. Habla en representación de todo un país. Por eso, cada palabra tiene un peso diplomático e institucional que trasciende la política doméstica.
Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y una nación hermana con la que compartimos una extensa historia de integración, de cooperación y de intereses comunes. Precisamente por ello, el respeto mutuo debe prevalecer aun cuando existan profundas diferencias ideológicas entre sus gobernantes.
Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y una nación hermana con la que compartimos una extensa historia de integración, de cooperación y de intereses comunes. Precisamente por ello, el respeto mutuo debe prevalecer aun cuando existan profundas diferencias ideológicas entre sus gobernantes.
La libre determinación de los pueblos constituye uno de los principios esenciales del derecho internacional. Son los ciudadanos brasileños, y únicamente ellos, quienes tienen el derecho de elegir a sus autoridades sin interferencias externas. Del mismo modo, la Argentina espera que ningún mandatario extranjero intervenga en sus procesos electorales.
Las convicciones políticas pueden defenderse con firmeza. Las ideas pueden debatirse con pasión. Pero la investidura presidencial exige, además, prudencia, equilibrio y respeto por las formas. La fortaleza de un estadista no se mide solamente por la intensidad de sus convicciones, sino también por su capacidad para preservar las relaciones entre los Estados.
Lamentamos, por ello, esta actitud del presidente Milei. Podemos comprender que exprese su afinidad con quienes comparten su pensamiento político, pero ello no justifica una participación tan directa en una contienda electoral de un país vecino ni el uso de expresiones agraviantes hacia un mandatario extranjero.
Las naciones pasan por gobiernos de distintos signos políticos, pero la amistad entre los pueblos debe permanecer incólumes, más allá de quienes las gobiernan. Argentina y Brasil están llamados a seguir construyendo un destino común, basado en el respeto, el diálogo y la cooperación, más allá de las diferencias circunstanciales entre sus dirigentes. Porque las ideas pueden dividir; los intereses nacionales, en cambio, deben unir. Y la responsabilidad de un presidente consiste, antes que nada, en honrar la dignidad de la Nación que representa.
Las convicciones políticas pueden defenderse con firmeza. Las ideas pueden debatirse con pasión. Pero la investidura presidencial exige, además, prudencia, equilibrio y respeto por las formas. La fortaleza de un estadista no se mide solamente por la intensidad de sus convicciones, sino también por su capacidad para preservar las relaciones entre los Estados.
Lamentamos, por ello, esta actitud del presidente Milei. Podemos comprender que exprese su afinidad con quienes comparten su pensamiento político, pero ello no justifica una participación tan directa en una contienda electoral de un país vecino ni el uso de expresiones agraviantes hacia un mandatario extranjero.
Las naciones pasan por gobiernos de distintos signos políticos, pero la amistad entre los pueblos debe permanecer incólumes, más allá de quienes las gobiernan. Argentina y Brasil están llamados a seguir construyendo un destino común, basado en el respeto, el diálogo y la cooperación, más allá de las diferencias circunstanciales entre sus dirigentes. Porque las ideas pueden dividir; los intereses nacionales, en cambio, deben unir. Y la responsabilidad de un presidente consiste, antes que nada, en honrar la dignidad de la Nación que representa.
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