La importancia central del cine como arte del siglo XX


El cine nos brinda la capacidad emotiva del teatro. Las sensaciones o armonías que la música nos transmite. La explotación visual de la fotografía (considerada el octavo arte) y la profundidad que la pintura nos brinda. Pero el cine agrega algo más: el movimiento. Y con él, la vida misma. El gesto, el silencio, la multitud, la guerra, el amor, la soledad, la risa, la tragedia. Todo puede quedar allí, preservado para siempre.

Y la filmografía de archivo es un tesoro de la humanidad.

Las nuevas generaciones deberían ser espectadores de lo mejor que el séptimo arte ha dejado como patrimonio de la humanidad.   Es una necesidad que completa la formación cultural de una persona. El cine es, posiblemente, el arte más representativo del siglo XX. Nació de la técnica, pero pronto se convirtió en emoción, belleza, memoria y pensamiento.

Tiene la intensidad del teatro, porque pone al ser humano frente a sus conflictos esenciales. Tiene la música, que acompaña, eleva y conmueve. Tiene la fotografía, con su poder de fijar la luz, el rostro, el paisaje y el instante. Tiene la pintura, porque compone imágenes capaces de expresar una época, una sensibilidad y una mirada sobre el mundo, y tiene el movimiento.

Por eso la filmografía de archivo es un verdadero tesoro de la humanidad. En las grandes películas no sólo vemos historias: vemos cómo vestían, cómo hablaban, qué temían, qué soñaban y cómo se imaginaban a sí mismos los hombres y mujeres de otros tiempos.

Las nuevas generaciones deberían acercarse a lo mejor del séptimo arte no como una obligación escolar, sino como una experiencia cultural indispensable. Ver buen cine es ampliar la sensibilidad, educar la mirada y comprender mejor la condición humana.

Porque quién no conoce el gran cine pierde una parte esencial de la memoria de la humanidad. Y quien lo descubre, descubre también que la cultura no sólo se lee o se estudia: también se mira, se escucha y se siente.

A los jóvenes de hoy, que viven en un mundo vertiginoso, de pantallas rápidas y estímulos fugaces, el cine les ofrece algo distinto, profundidad.

Detenerse a ver una gran película es, en cierto modo, resistir a la superficialidad. Es aprender a mirar con paciencia, a comprender silencios, a descubrir matices. No todo está dicho en un diálogo; muchas veces lo esencial está en una mirada, en una pausa, en una escena que obliga a pensar.

El buen cine no es sólo entretenimiento. Es una escuela de sensibilidad. Enseña a ponerse en el lugar del otro, a entender realidades distintas, a atravesar épocas que no vivimos pero que nos constituyen como humanidad.

Por eso, no se trata de ver mucho, sino de ver mejor. Elegir aquellas obras que han perdurado, que siguen interpelando generaciones, que han sabido decir algo verdadero sobre el hombre.

En un tiempo donde todo pasa rápido, el cine invita a quedarse. Y en ese quedarse, a crecer.

Porque formarse no es sólo acumular información. Es también educar la mirada, el espíritu y la emoción. Y allí, el gran cine sigue siendo , como pocas cosas, un maestro silencioso, pero inolvidable.

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