La educación, valor estratégico
La multitudinaria movilización en defensa de la educación pública, tanto en la ciudad de Buenos Aires como en las principales ciudades del país, volvió a poner sobre la mesa un tema que ninguna sociedad seria puede ignorar: el valor estratégico de la educación. Porque pocas causas pueden despertar una adhesión tan amplia como aquella que defiende la formación de las nuevas generaciones y el acceso al conocimiento.
Sin embargo, también es cierto que en la Argentina casi ninguna movilización masiva permanece ajena a la disputa política. Y muchos observadores sostienen que, junto a miles de ciudadanos genuinamente preocupados por el futuro educativo, también participaron sectores sindicales, agrupaciones de izquierda y dirigentes opositores que intentaron convertir la convocatoria en una herramienta de confrontación con el gobierno de Javier Milei.Aquí aparece un debate de fondo que no puede resolverse con consignas simplificadas. El actual gobierno ha convertido el equilibrio fiscal en el eje central de su programa económico. Su razonamiento es conocido: considera que el déficit crónico fue una de las causas que empujó a la Argentina hacia décadas de inflación, pérdida del valor de la moneda, endeudamiento y múltiples espacios para la corrupción y el despilfarro.
Pero del otro lado surge una pregunta igualmente válida: ¿puede una sociedad construir futuro sin una educación fuerte, moderna y eficiente? La respuesta es un taxativo no. La inmensa mayoría de los argentinos desea universidades de calidad, capaces de insertar a nuestros jóvenes en la sociedad del conocimiento, la innovación tecnológica y la economía del siglo XXI.
Ahora bien, el problema no parece reducirse únicamente a cuánto dinero se invierte, sino también a cómo se utiliza. Algunos estudios muestran una realidad que merece atención y debate. Argentina presenta una elevada cantidad de estudiantes universitarios por habitante, incluso superior a otros países de la región. Pero cuando se observan los niveles de graduación, los resultados aparecen considerablemente malos.
La pregunta entonces es inevitable: ¿el problema es exclusivamente presupuestario o también existe una cuestión estructural vinculada a la eficiencia, la organización y el rendimiento del sistema universitario?
Porque defender la educación pública no debería significar únicamente reclamar más recursos. También debería implicar exigir transparencia, controles, calidad académica y resultados concretos.
En definitiva, la verdadera discusión quizás no sea educación sí o educación no. Esa batalla ya está resuelta. La educación es indispensable. El debate pendiente es cómo lograr una educación pública que combine inclusión con excelencia, acceso con resultados y presupuesto con responsabilidad.
Porque un país no se salva solo ajustando números. Pero tampoco se salva ignorándolos. Y entre ambas realidades la Argentina todavía busca su difícil equilibrio.
Nota: Argentina muestra una baja graduación con 30,76 egresados cada 100 ingresantes seis años antes, según datos de la UBA. Estudios indican una situación crítica en universidades públicas, donde la tasa de egresados es del 20% frente al 27% en Brasil y el 82% en Chile. Deserción en el primer año: Según datos de la CONEAU (2020), el 38,1% de los estudiantes que ingresan a carreras universitarias se desvinculan durante su primer año de cursada.
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