El cine en la formación cultural

Continúo con el tema del cine que en mi caso personal tiene gran importancia.

Decíamos ayer que el buen cine no es sólo entretenimiento. Es una escuela de sensibilidad. Enseña a ponerse en el lugar del otro, a entender realidades distintas, a atravesar épocas que no vivimos pero que nos constituyen como humanidad.

 A partir de los años 70 y consolidándose en los 80, la industria comenzó a dividir las grandes salas de una sola pantalla en sets de múltiples salas pequeñas, o a construirlas en centros comerciales. El auge de la televisión, el vídeo y el alto coste de mantenimiento de los grandes cines, aceleraron la desaparición de estos recintos en favor de salas más pequeñas, funcionales y automatizadas.

Y la forma de ver cine se ha modificado radicalmente, la internet nos ha traído masivamente el cine hasta nuestros hogares.  Y ha democratizado el acceso a ese patrimonio extraordinario que es el cine clásico, el que las nuevas generaciones no deben dejar de ver.

Es así que lo que antes estaba reservado a cinematecas o ciclos especializados, hoy puede encontrarse a nuestro alcance en servicios como Netflix, Prime Video, YouTube, Disney, HBO, MUBI o Paramount, entre muchas otros.

Pero el punto no es sólo la disponibilidad. El verdadero desafío es la elección.

Porque, así como el cine es el séptimo arte, también es memoria viva de la humanidad. En sus obras más emblemáticas están contenidas las grandes preguntas del hombre, los momentos decisivos de la historia y las emociones más profundas que nos definen.

Por eso, una formación cultural completa no debería prescindir del conocimiento de esos grandes filmes. No se trata de erudición ni de elitismo, sino de sensibilidad. Así como leemos a los clásicos de la literatura o admiramos a los grandes pintores, también debemos “ver” a los grandes directores, a las películas que marcaron época y que siguen dialogando con nosotros.

En ese recorrido están nombres y obras que no envejecen, porque hablan de lo esencial. Películas que, aun en blanco y negro, pantallas chicas o con ritmos distintos a los actuales, conservan intacta su capacidad de conmover, de interpelar y de enseñar.

En definitiva, el acceso está. La oportunidad también. Dependerá de cada uno y especialmente de los jóvenes, transformar ese acceso en conocimiento, y ese conocimiento en una verdadera riqueza interior.

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