El aumento de los suicidios entre adolescentes y jóvenes
El informe de la Organización Mundial de la Salud vuelve a encender una señal de alarma sobre una de las tragedias más silenciosas y dolorosas de nuestro tiempo: el aumento de los suicidios entre adolescentes y jóvenes en América Latina y particularmente en la Argentina. Mientras en muchas regiones del mundo las cifras muestran una tendencia descendente, en nuestro continente el fenómeno creció durante las últimas dos décadas. Y en nuestro país la situación resulta todavía más estremecedora: el suicidio se ha convertido en la segunda causa de muerte entre jóvenes y adolescentes, solo después de los accidentes de tránsito.
Detrás de cada cifra hay una vida truncada, una familia devastada, amigos que jamás logran comprender del todo lo ocurrido. Y quizá lo más inquietante es que esta tragedia avanza en medio de sociedades hiperconectadas, saturadas de estímulos y tecnologías, pero cada vez más incapaces de escuchar, contener y acompañar emocionalmente a sus jóvenes.Vivimos tiempos de enorme fragilidad emocional. Muchos adolescentes crecen bajo presiones constantes: exigencias sociales, incertidumbre económica, violencia verbal en redes sociales, pérdida de horizontes, dificultades familiares, aislamiento y una cultura donde muchas veces el éxito material parece importar más que el equilibrio espiritual o afectivo. A ello se suma el consumo problemático de drogas, la ansiedad, la depresión y una soledad que frecuentemente permanece invisible.
El problema no puede abordarse únicamente desde la medicina o la psiquiatría. Se trata también de una cuestión cultural, educativa y social. La escuela, la familia, los clubes, las iglesias, los medios de comunicación y el propio Estado deben recuperar la capacidad de generar comunidad, escucha y cercanía humana. Hay jóvenes rodeados de personas y, sin embargo, profundamente solos.
Resulta imprescindible fortalecer la atención en salud mental, facilitar el acceso temprano a tratamientos, capacitar docentes y familias para detectar señales de alarma y terminar con ciertos prejuicios que todavía llevan a muchos a callar el sufrimiento emocional por vergüenza o temor. Pedir ayuda no puede ser visto como una debilidad.
También debemos preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo. Una sociedad permanentemente crispada, agresiva, polarizada y dominada por discursos violentos termina impactando sobre los más vulnerables. Los jóvenes necesitan referencias, proyectos, esperanza y horizontes posibles.
La Argentina atraviesa dificultades económicas y sociales, pero ningún escenario puede hacernos olvidar que el mayor patrimonio de un país son sus nuevas generaciones. Cuando un adolescente siente que su vida no tiene sentido, toda la sociedad fracasa un poco.
Hablar de este tema con seriedad, sensibilidad y responsabilidad es indispensable. Porque muchas veces una conversación, una escucha atenta, una palabra de afecto o una intervención a tiempo pueden salvar una vida.
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