“Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”

Entre el ruido de la coyuntura, las urgencias diarias y el vértigo de las noticias, los clásicos nos devuelven perspectiva. Nos recuerdan que muchas pasiones humanas, la ambición, el miedo, el amor, la soberbia, la esperanza, la justicia, no nacieron ayer ni terminarán mañana. Ya fueron pensadas con profundidad por quienes nos precedieron.

Platón, Aristóteles, Séneca, Marco Aurelio, Miguel de Cervantes, Shakespeare, Calderón de la Barca, Jorge Luis Borges y tantos otros, no sólo escribieron libros, dejaron faros para orientarnos en tiempos de confusión.

Volver a ellos no es escapar de la realidad. Es comprenderla mejor. Porque quien sólo mira el instante se pierde en lo superficial; quien dialoga con los siglos aprende a pensar con más serenidad.

Y así como celebramos en una anterior editorial, el día universal del Libro, de tanto en tanto, conviene detenernos, abrir una página sabia y escuchar voces antiguas que todavía tienen mucho que decirnos. A veces, en una sola línea escrita hace cientos de años, encontramos más verdad que en mil titulares de un día.

Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son” La sentencia inmortal de Pedro Calderón de la Barca atraviesa los siglos y llega hasta nuestro tiempo con una fuerza sorprendente.

Vivimos corriendo detrás de urgencias, de ambiciones, de enojos pasajeros, de disputas que parecen enormes en el instante, pero que mañana acaso no signifiquen nada. Nos aferramos muchas veces a lo material, al poder, a la apariencia, olvidando que todo pasa. La vida misma, con sus glorias y dolores, tiene algo de fugacidad, algo de tránsito, algo de sueño.

Pero la frase no invita al pesimismo. Por el contrario, encierra una enseñanza luminosa. Si todo es transitorio, entonces lo verdaderamente importante no es cuánto acumulamos, sino cómo vivimos. No es el ruido exterior, sino la paz interior. No es la soberbia del momento, sino la huella moral que dejamos.

En tiempos de ansiedad colectiva, de enfrentamientos permanentes y de vanidades instantáneas, conviene recordar que nada humano es eterno. Las crisis pasan, los triunfos pasan, las derrotas también pasan. Lo que permanece es la conducta, la nobleza, la palabra cumplida, la mano tendida al prójimo.

Quizás por eso Calderón sigue hablándonos. Porque detrás de la belleza de sus versos late una verdad simple y profunda: estamos de paso. Y si estamos de paso, vale la pena hacer de este sueño una experiencia digna, justa y generosa.

Que no despertemos un día descubriendo que vivimos mucho… pero entendimos poco.
 
Porque llegará la hora en que todo callará, los aplausos, las disputas, las riquezas y los orgullos. Y entonces sólo quedará una pregunta, inmensa y definitiva: cuando pasó nuestro sueño por la tierra… ¿fuimos verdaderamente humanos?

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