La Justicia que viene, entre la arbitrariedad y el mérito

En la Argentina hay discusiones que, aunque no ocupen el centro del debate cotidiano, son decisivas para el futuro institucional del país. Una de ellas acaba de reaparecer con fuerza: cómo se seleccionan los jueces.

La presentación del “Proyecto de Reglamento de Concursos para la Selección de Magistrados”, impulsado por Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti, no es un hecho menor. Es, en esencia, un intento por poner orden en un sistema que durante años ha sido cuestionado por su falta de transparencia, por su discrecionalidad y, en muchos casos, por la sospecha de favoritismos.

La propuesta apunta a algo simple pero profundo: que los jueces lleguen por mérito, y no por vínculos.

Anonimato en los exámenes escritos. Evaluaciones objetivas de antecedentes. Reglas más claras en las entrevistas personales. Todo orientado a reducir ese margen difuso donde tantas veces se cuela la arbitrariedad. Porque, seamos claros, cuando un sistema permite demasiada discrecionalidad, deja de ser un sistema justo.

Y en la Justicia, la percepción de justicia es casi tan importante como la justicia misma.

El respaldo al proyecto de 15 rectores de universidades, no es un dato menor. Es, en cierto modo, una señal de que el mundo académico, ese que forma a los futuros juristas, está reclamando reglas más limpias, más previsibles, más exigentes. Es decir: más republicanas.

Pero aquí aparece el nudo del problema.

El Consejo de la Magistratura, que es el órgano encargado de llevar adelante los concursos, no ha adoptado automáticamente esta propuesta. Y no es casual. Porque cada cambio en las reglas del juego implica también una redistribución del poder, y cuando el poder está en juego, las resistencias aparecen.

Hoy el Consejo debate, discute, evalúa… y también, en algunos sectores, resiste. Se habla de elaborar un texto propio, de incorporar parcialmente las ideas, de no aceptar el proyecto tal como fue planteado.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Se busca mejorar el sistema… o preservar los márgenes de influencia? Porque este no es un debate técnico. Es un debate político en el sentido más profundo del término. Es decidir si queremos una Justicia independiente, basada en la excelencia, o una Justicia condicionada por acuerdos, negociaciones y equilibrios de poder.

La Argentina ha sufrido demasiado por una Justicia cuestionada. Fallos que llegan tarde. Causas que se diluyen. Procesos que parecen interminables. Y, sobre todo, una ciudadanía que muchas veces siente que la ley no es igual para todos.

En ese contexto, cualquier intento serio de mejorar la selección de magistrados debería ser bienvenido. No porque lo proponga la Suprema Corte. No porque lo respalden las universidades. Sino porque es lo que el país necesita.

Porque si se logra avanzar en un sistema más justo de selección, no solo se mejorará la calidad de los jueces. Se fortalecerá la confianza en las instituciones Y sin confianza, no hay República posible.

Hoy el Consejo de la Magistratura tiene en sus manos algo más que un reglamento. Tiene la posibilidad de dar un paso hacia una Justicia mejor. O de dejar pasar, una vez más, una oportunidad histórica.

El país observa. Y espera.

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