Guerra en medio oriente, un respiro en medio del abismo

Apenas dos horas antes de que venciera el ultimátum fijado por Donald Trump a Irán, la diplomacia, esa herramienta tantas veces subestimada, logró abrir una ventana inesperada, la mediación de Pakistán permitió establecer un alto el fuego por dos semanas.

No es la paz. Pero tampoco es poco.

Se trata de un impasse que llega en un momento de extrema tensión, donde las palabras habían escalado a niveles alarmantes. La amenaza de “hacer desaparecer una civilización” no es una frase más, encierra el peor de los escenarios posibles. Porque en toda guerra moderna, y más aún en conflictos de esta magnitud, quienes terminan pagando el precio más alto no son los líderes ni los estrategas, sino millones de civiles inocentes.

Este freno temporal abre, al menos, una oportunidad. Un margen, un espacio para que la racionalidad se imponga sobre la lógica de la destrucción.

Pero también plantea interrogantes inevitables.

¿Qué busca realmente Trump? ¿Se trata de una estrategia de presión extrema para forzar una negociación, o de una antesala de una escalada mayor? ¿Y qué pretende el régimen iraní? ¿Resistir, negociar o ganar tiempo?

La historia reciente demuestra que los altos el fuego, cuando no están sostenidos por decisiones políticas profundas, suelen ser apenas pausas antes de nuevas confrontaciones. Por eso, estas dos semanas serán decisivas.

El mundo observa. Y espera que este respiro no sea solo una tregua en el calendario, sino el inicio de un camino difícil, complejo, pero imprescindible, hacia un cese definitivo de las hostilidades.

Porque si algo ha demostrado la historia es que las guerras pueden empezar con facilidad, pero terminarlas requiere grandeza.

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