Cada 24 de marzo la Argentina se detiene a recordar.
Recordar uno de los períodos más oscuros de su historia. Recordar a las víctimas. Recordar el quiebre institucional. Recordar el dolor.
Pero recordar no alcanza… si recordamos a medias.
Porque la memoria, para ser verdadera, debe ser completa. No puede ser selectiva. No puede ser parcial. No puede ser utilizada como herramienta de relato o de conveniencia política.
Durante años, el país ha avanzado en el reconocimiento de los crímenes cometidos por el Estado durante la dictadura militar. Y está bien que así sea. Fue terrorismo de Estado, fue ilegal, fue brutal, y debe ser condenado sin matices.
Pero también es cierto, y decirlo no debe incomodar a nadie, que hubo otras víctimas. Víctimas de la violencia armada. Víctimas de organizaciones como Montoneros, el ERP, las FAR, las FAP. Hombres, mujeres, civiles, trabajadores, militares, policías… argentinos que también perdieron la vida en un contexto de violencia que desgarró al país.
¿Esas víctimas valen menos? ¿Ese dolor merece menos memoria?
Una sociedad madura no elige qué recordar. Una sociedad madura asume todo su pasado, aunque duela, aunque incomode, aunque obligue a revisar posiciones.
Porque la media memoria… no es memoria. Es olvido disfrazado
El 24 de marzo debe ser, entonces, un día de memoria completa. De condena total a la violencia. De rechazo tanto al terrorismo de Estado como a la violencia subversiva. Porque ninguna causa justifica la muerte, ni la ilegalidad, ni el desprecio por la vida.
Y sobre todo, debe ser un día para reafirmar lo único que garantiza que no volvamos a ese abismo: la democracia.
La democracia con sus imperfecciones, con sus tensiones, con sus errores… pero democracia al fin, donde las diferencias se resuelven con palabras y no con armas.
Porque cuando la violencia reemplaza a la ley, cuando el odio reemplaza al diálogo, cuando la ideología justifica la muerte… la sociedad entera pierde.
Memoria, sí. Verdad, sí. Justicia, también. Pero memoria completa. No media memoria.
Porque la memoria, para ser verdadera, debe ser completa. No puede ser selectiva. No puede ser parcial. No puede ser utilizada como herramienta de relato o de conveniencia política.
Durante años, el país ha avanzado en el reconocimiento de los crímenes cometidos por el Estado durante la dictadura militar. Y está bien que así sea. Fue terrorismo de Estado, fue ilegal, fue brutal, y debe ser condenado sin matices.
Pero también es cierto, y decirlo no debe incomodar a nadie, que hubo otras víctimas. Víctimas de la violencia armada. Víctimas de organizaciones como Montoneros, el ERP, las FAR, las FAP. Hombres, mujeres, civiles, trabajadores, militares, policías… argentinos que también perdieron la vida en un contexto de violencia que desgarró al país.
¿Esas víctimas valen menos? ¿Ese dolor merece menos memoria?
Una sociedad madura no elige qué recordar. Una sociedad madura asume todo su pasado, aunque duela, aunque incomode, aunque obligue a revisar posiciones.
Porque la media memoria… no es memoria. Es olvido disfrazado
El 24 de marzo debe ser, entonces, un día de memoria completa. De condena total a la violencia. De rechazo tanto al terrorismo de Estado como a la violencia subversiva. Porque ninguna causa justifica la muerte, ni la ilegalidad, ni el desprecio por la vida.
Y sobre todo, debe ser un día para reafirmar lo único que garantiza que no volvamos a ese abismo: la democracia.
La democracia con sus imperfecciones, con sus tensiones, con sus errores… pero democracia al fin, donde las diferencias se resuelven con palabras y no con armas.
Porque cuando la violencia reemplaza a la ley, cuando el odio reemplaza al diálogo, cuando la ideología justifica la muerte… la sociedad entera pierde.
Memoria, sí. Verdad, sí. Justicia, también. Pero memoria completa. No media memoria.
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