Una reforma laboral que no debe desdibujarse

Hoy el Senado podría dar media sanción a la reforma laboral. No es un hecho menor. Es una discusión que la Argentina se debe desde hace décadas.

Se han introducido 28 cambios al proyecto del gobierno. Cambios impulsados por gobernadores, cámaras empresariales y sindicatos. Es parte del juego democrático: negociar, modificar, acordar. Pero hay un límite. Lo que no puede ocurrir es que, en ese proceso, la reforma termine desvirtuada.

Porque el problema de fondo sigue siendo el mismo.

La Argentina tiene un sistema laboral pensado para otra época. Para una economía cerrada, protegida, con baja competencia externa y un mercado interno casi exclusivo. Ese mundo ya no existe. Hoy competimos con países que producen con menores costos, con regulaciones más ágiles y con sistemas laborales adaptados a la dinámica tecnológica del siglo XXI.

Si la legislación laboral no se moderniza, el resultado es claro, menos empleo formal, más litigiosidad, más informalidad y menor competitividad.

Nadie propone eliminar derechos esenciales para el trabajador. Pero sí es imprescindible generar un marco que incentive la contratación, que dé previsibilidad a las empresas y que permita que las pymes, que son las grandes generadoras de empleo, puedan crecer sin miedo permanente al conflicto judicial.

La Argentina no puede vivir de espaldas al mundo. Necesita integrarse, exportar más, atraer inversiones y generar trabajo genuino. Y para eso hace falta una legislación laboral moderna, equilibrada y sustentable.

La media sanción, si se concreta, será un paso. Pero lo decisivo será que el espíritu de la reforma no quede vaciado por concesiones que terminen dejando todo igual.

Porque en Argentina seguir igual, no es una opción.

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