Respetar las formas
Cuando el presidente de la Nación, en este caso Javier Milei, utiliza apodos descalificantes como “Don Chatarrín”, “Don Gomita Alumínica” o “Señor Lengua Floja” para referirse a empresarios importantes, el hecho trasciende lo anecdótico y entra en el terreno institucional.
En política, las formas no son un detalle decorativo: son parte del fondo.
Un presidente no es un polemista de redes sociales ni un comentarista televisivo. Es la máxima autoridad del Estado. Y esa investidura exige templanza, incluso, o sobre todo, frente a la crítica, la presión o el conflicto. Puede haber diferencias profundas con empresarios, periodistas, sindicalistas, legisladores o gobernadores. Puede haber tensiones legítimas en un proceso de reformas. Pero el tono importa.
La Argentina viene de años de degradación institucional, de crispación permanente, de una lógica amigo-enemigo, que ha erosionado la confianza pública. Muchos votaron un cambio, tanto en lo económico como en el rol del Estado. Pero el cambio cultural que tanto se invoca también incluye elevar el nivel del debate público.
La democracia supone aceptar la crítica. Supone convivir con quienes apoyan y con quienes cuestionan. Supone entender que el disenso no es traición, que el empresario que opina distinto no es enemigo, que el periodista incómodo no es conspirador, que el sindicato opositor no es necesariamente desestabilizador.
El Presidente puede y debe defender sus ideas con firmeza. Puede denunciar prácticas que considere perjudiciales. Puede confrontar políticas y conductas. Pero sin caer en la descalificación personal.
Porque cuando el lenguaje se degrada desde la cúspide del poder, se envía un mensaje hacia abajo. Y en sociedades ya tensadas, ese mensaje puede multiplicar la confrontación.
Un presidente no es un polemista de redes sociales ni un comentarista televisivo. Es la máxima autoridad del Estado. Y esa investidura exige templanza, incluso, o sobre todo, frente a la crítica, la presión o el conflicto. Puede haber diferencias profundas con empresarios, periodistas, sindicalistas, legisladores o gobernadores. Puede haber tensiones legítimas en un proceso de reformas. Pero el tono importa.
La Argentina viene de años de degradación institucional, de crispación permanente, de una lógica amigo-enemigo, que ha erosionado la confianza pública. Muchos votaron un cambio, tanto en lo económico como en el rol del Estado. Pero el cambio cultural que tanto se invoca también incluye elevar el nivel del debate público.
La democracia supone aceptar la crítica. Supone convivir con quienes apoyan y con quienes cuestionan. Supone entender que el disenso no es traición, que el empresario que opina distinto no es enemigo, que el periodista incómodo no es conspirador, que el sindicato opositor no es necesariamente desestabilizador.
El Presidente puede y debe defender sus ideas con firmeza. Puede denunciar prácticas que considere perjudiciales. Puede confrontar políticas y conductas. Pero sin caer en la descalificación personal.
Porque cuando el lenguaje se degrada desde la cúspide del poder, se envía un mensaje hacia abajo. Y en sociedades ya tensadas, ese mensaje puede multiplicar la confrontación.
Gobernar no es sólo aplicar un programa económico y desregular el Estado. Es también marcar un estilo. Y el estilo presidencial define clima institucional.
En definitiva, la autoridad se fortalece con resultados, pero también con altura. La firmeza no está reñida con la sobriedad. Y la libertad valor central del actual gobierno, necesita de formas republicanas para consolidarse.
La Argentina necesita debate, sí. Pero también necesita respeto por las formas.
En definitiva, la autoridad se fortalece con resultados, pero también con altura. La firmeza no está reñida con la sobriedad. Y la libertad valor central del actual gobierno, necesita de formas republicanas para consolidarse.
La Argentina necesita debate, sí. Pero también necesita respeto por las formas.
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