Media sanción a la reforma laboral y vandalismo frente al Congreso
Anoche, mientras el Senado de la Nación Argentina daba media sanción a la ley de reforma laboral, dentro del recinto se desarrollaba el debate institucional que corresponde en una República, afuera, en cambio, la escena era otra: individuos atrincherados en precarias trincheras, violencia, fuego, piedras, balas de goma, carros hidrantes y caos.
Las imágenes fueron contundentes. Desconocidos armando bombas molotov. Baldosas arrancadas para convertirlas en proyectiles. Ataques directos contra las fuerzas del orden. No fue una manifestación desbordada: fue la acción organizada de grupos que nada tienen que ver con el trabajador común ni con el reclamo legítimo.Conviene dejarlo claro. La protesta es un derecho. La violencia no lo es. La protesta busca persuadir; la violencia busca intimidar. Y cuando se intenta presionar al Congreso mediante el miedo, lo que está en juego ya no es una ley laboral: es el funcionamiento mismo de la democracia.
La Argentina atraviesa un momento de definiciones profundas. Se discuten reformas estructurales en un contexto económico delicado, con una sociedad cansada, golpeada por años de crisis y frustraciones acumuladas. Precisamente por eso, la responsabilidad es mayor. Los legisladores deben debatir con amplia libertad. El Gobierno debe gobernar. La oposición debe controlar y proponer. Pero nadie puede aceptar que minorías violentas pretendan marcar el rumbo a fuerza de destrucción.
No hay modernización posible bajo el humo de botellas incendiarias. No hay justicia social detrás de una piedra arrojada. No hay defensa de los trabajadores por quienes siembran caos.
Y seamos claros: si la política no traza un límite firme frente a la violencia, termina siendo rehén de ella. La democracia no se fortalece con fuego en las calles o policías heridos. Se fortalece con instituciones sólidas, con respeto a la ley y con ciudadanos que entienden que el disenso no es enemigo del orden y que, en una democracia, son las mayorías las que señalan en el rumbo.
Porque cuando el Congreso debate, la República habla. Y cuando la violencia intenta callarlo, lo que está en juego no es una reforma: es la democracia misma.
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