La invasión de Ucrania, la ilusión de una guerra breve

Muchos pensaron que el conflicto sería corto. Moscú creyó en una victoria rápida. Kiev resistió más de lo previsto. Occidente apostó al desgaste económico de Rusia. Pero cuatro años después, ninguna de esas previsiones se cumplió plenamente.

Rusia no logró someter a Ucrania. Ucrania no consiguió recuperar todos sus territorios. Occidente no doblegó económicamente al Kremlin.

El frente se estabilizó. La guerra se volvió lenta, mecánica, agotadora. Una guerra donde se ganan metros y se pierden miles de vidas.

La guerra devolvió centralidad a la OTAN, fortaleció la alianza atlántica e impulsó el ingreso de Finlandia y Suecia. Europa aumentó su gasto militar. Estados Unidos reforzó su liderazgo estratégico. Rusia profundizó su acercamiento a China. El mundo volvió a dividirse en bloques.

Y en ese tablero, Ucrania quedó convertida en la línea de fractura entre dos concepciones del orden internacional: la soberanía territorial frente a la lógica de las esferas de influencia.

Y la pregunta surge, ¿Por qué no hay paz?  Porque la paz exige concesiones que hoy ninguna de las partes está dispuesta a aceptar.

Rusia pretende consolidar las regiones anexadas. Ucrania exige la restitución total de su territorio. Occidente sostiene que ceder sería legitimar la agresión. Moscú apuesta al cansancio político y económico de Europa y Estados Unidos. Mientras tanto, el tiempo corre. Y cada mes que pasa suma muertos y destrucción.

Más allá de la geopolítica, esta guerra nos interpela en lo esencial: ¿qué valor tiene la vida en los cálculos estratégicos? Es inevitable pensar en la juventud perdida. En los soldados de veinte años que jamás volverán a casa. En los mutilados que cargarán para siempre con el costo invisible del conflicto. En generaciones enteras marcadas por el trauma.

Las guerras prolongadas no solo destruyen ciudades: deforman sociedades.  Esta guerra también nos recuerda algo inquietante: el siglo XXI no abolió la guerra convencional. No aprendimos lo suficiente de las tragedias del siglo XX. Creímos que la interdependencia económica sería un freno suficiente. No lo fue.  La guerra en Ucrania demuestra que las ambiciones imperiales, los nacionalismos extremos y las disputas geopolíticas siguen vigentes.

Y mientras el conflicto continúa, la paz parece más un deseo que una realidad cercana.

Cuatro años después, la pregunta sigue abierta ¿quién se animará primero a pagar el costo político de negociar? Porque si algo enseña la historia, es que todas las guerras terminan en una mesa de diálogo. La cuestión es cuántas vidas más se perderán antes de que esa mesa se instale.

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