Han pasado casi veinte años desde el crimen de Paulina Lebbos
Veinte años desde aquella madrugada en que la vida de Paulina Lebbos fue arrebatada y Tucumán entró en una de las páginas más dolorosas de su historia reciente.
Y cuando parecía que todo estaba dicho, cuando el paso del tiempo había sedimentado silencios, en una audiencia clave en los tribunales penales de nuestra provincia ocurrió algo que vuelve a sacudir la conciencia colectiva: Virginia Nazarena Mercado, amiga íntima de la víctima y una de las últimas personas que la vio con vida, reconoció formalmente que mintió durante casi dos décadas. No es un detalle menor. No es una anécdota procesal.Es la admisión de que durante años la verdad estuvo deliberadamente distorsionada.
El Ministerio Público Fiscal fue categórico. No se trató de olvidos. No fueron simples fallas de memoria. Se habló de intención. De una conducta dirigida a obstruir la investigación. De afirmaciones falsas sobre hechos centrales. De una actitud reticente sostenida en el tiempo. Del uso sistemático del “no recuerdo” como escudo para ocultar información clave.
Y cuando alguien, en una causa de esta magnitud, decide mentir, no solo perjudica un expediente judicial. Perjudica a la justicia. Perjudica a la fe pública. Perjudica a una familia que durante años marchó pidiendo verdad. Y perjudica a toda una sociedad que necesita confiar en sus instituciones.
Porque el crimen de Paulina no fue un hecho aislado. Fue un símbolo. Fue la bandera de una lucha contra la impunidad. Fue el rostro visible de un reclamo que atravesó gobiernos, gestiones, discursos y promesas.
Hoy, casi veinte años después, el asesinato continúa impune. Y eso es lo que más duele. Duele que el tiempo pase y que la verdad llegue fragmentada. Duele que recién ahora se reconozca una mentira sostenida durante años. Duele pensar cuánto se podría haber avanzado si desde el primer día se hubiera dicho todo.
La justicia tardía no repara del todo. Pero la verdad, aunque llegue tarde, siempre tiene un valor.
Ahora la pregunta inevitable es otra: ¿fue una sola voluntad la que torció el camino de la investigación? ¿O existió un entramado más amplio de silencios, presiones y encubrimientos? Tucumán no necesita más sombras. Necesita claridad. Necesita una resolución firme, sin zonas grises, sin concesiones.
Porque cuando un crimen permanece impune durante tanto tiempo, no se erosiona solamente la confianza en un tribunal. Se erosiona la confianza en el sistema entero.
Y una sociedad que pierde la confianza en la justicia comienza a perder algo mucho más profundo: la esperanza de que la verdad prevalezca.
Que esta admisión no sea solo un dato procesal más. Que sea el punto de inflexión.Que sea el momento en que, de una vez por todas, la verdad se imponga sobre el silencio.Tucumán lo necesita. La familia lo merece. Y la República lo exige.
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