El fútbol parado por los dirigentes

El fútbol argentino ha decidido detenerse. No por una tragedia. No por un problema climático. No por violencia en las tribunas. Se detiene por la dirigencia.

Los clubes de la Asociación del Fútbol Argentino resolvieron suspender toda una fecha en respaldo a sus autoridades investigadas por la justicia. Es decir, el espectáculo más popular del país se paraliza para “proteger” a quienes lo administran, sospechados de corrupción.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿En qué momento el fútbol dejó de ser de la gente para convertirse en herramienta de presión? El hincha paga su cuota. El socio sostiene al club. El abonado compra su platea. Las familias organizan su fin de semana alrededor de un partido.

Pero cuando la conducción se siente investigada de sus oscuros manejos, el que paga el costo es el público.  Esto no es un detalle menor. Es un síntoma.

En general el fútbol a nivel nacional y en cierta forma también en el orden internacional es un territorio oscuro que no admite investigaciones y como maneja grandes sumas, se advierten desvíos de dineros a cuentas fantasmas.  

Argentina arrastra una cultura corporativa muy profunda. Los gremios paran para defender a sus líderes. Los partidos políticos blindan a sus dirigentes. Las corporaciones cierran filas cuando alguien de “los propios” está en problemas.  Ahora el fútbol hace lo mismo.

No se trata aquí de prejuzgar culpabilidades ni de tomar partido personal. Se trata de algo más básico: la institucionalidad.

En una sociedad madura, los dirigentes se defienden en los tribunales. Las investigaciones siguen su curso. Y el campeonato continúa. Aquí ocurre lo contrario. Se suspende el fútbol como demostración de fuerza. Como si el espectáculo fuera un rehén.

Y entonces aparece esa sensación amarga: que el sistema siempre termina perjudicando al ciudadano común y se protege a sí mismo antes que a la gente.

El fútbol es pasión, identidad, pertenencia. Pero también es poder. Y mucho dinero. Cuando ese poder se utiliza para presionar o para cerrar filas en torno a dirigentes muy cuestionados, el mensaje que se envía es preocupante: primero la corporación, después el público.

El país necesita un cambio cultural profundo. Y ese cambio también debe alcanzar al deporte más popular. Porque el fútbol, nos guste o no, es espejo de la Argentina.

Y hoy ese espejo devuelve una imagen que incomoda.

 


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