El ejército mexicano abatió al narco más buscado

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, cierra un capítulo oscuro de la historia criminal de México… pero abre otro interrogante más profundo ¿quién tomará el control del Cártel Jalisco Nueva Generación?

El Mencho era el narco más buscado a escala mundial. El Gobierno de EE.UU. ofrecía 15 millones de dólares a cambio de información sobre su paradero. Operaba una red global con decenas de miles de miembros, socios y facilitadores en al menos 40 países.

 

Se hablaba de que poseía una fortuna superior a los mil millones de dólares. Una cifra descomunal. Pero vale preguntarse: ¿de qué le sirvió?

 

Vivía escondido. Cambiaba de refugio permanentemente. Dormía poco y se alimentaba mal. Desconfiaba de todos. Sabía que lo buscaban día y noche.

 

El dinero puede comprar armas, lealtades pasajeras y silencios. Pero no compra paz ni tranquilidad y sin ellas, toda riqueza es una ilusión.

 

Ahora bien, la muerte del capo no ha traído serenidad inmediata. Por el contrario, México enfrenta una nueva ola de violencia y varios estados están sumidos en el caos. Cuando cae un líder criminal, el vacío de poder se convierte en disputa. Las organizaciones se fragmentan. Los mandos medios compiten. Y la sangre corre.

 

Ya ocurrió tras la caída de Joaquín Guzmán y la historia parece repetirse.

 

El problema es muy profundo. El narcotráfico no es solo un hombre. Es una estructura. Es corrupción. Es demanda internacional de drogas. Es circulación de armas. Es pobreza estructural. Es ausencia de oportunidades.

 

Eliminar al jefe es un golpe importante. Desmantelar el sistema es el verdadero desafío.

 

Hay aquí también una enseñanza moral. El poder construido sobre el miedo termina devorando a quien lo ejerce. La violencia no ofrece estabilidad; ofrece paranoia. No ofrece libertad; ofrece clandestinidad.

 

La pregunta que queda es si México podrá transformar este momento en una oportunidad histórica: fortalecer instituciones, recuperar territorios, reconstruir confianza social. Porque la violencia no se derrota solo con operativos. Ni eliminando al líder de las bandas de narcotraficantes.

 

Se derrota con Estado. Con educación. Con justicia. Con cultura de legalidad.

 

Y, sobre todo, con la convicción de que ninguna fortuna vale más que la paz interior… ni más que la paz de un país entero.

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