Argentina cuando la corrupción deja de ser excepción y se vuelve sistema

La Argentina vuelve a mirarse al espejo y lo que ve no es agradable. El procesamiento dictado por el juez Sebastián Casanello en la causa ANDIS, que involucra a Diego Spagnuolo y a una veintena de personas, dejó al descubierto una red organizada para estafar al Estado. Recursos destinados a los más vulnerables convertidos en botín.

Al mismo tiempo, el escándalo en la Asociación del Fútbol Argentino, con ramificaciones cada vez más oscuras, vuelve a mostrar cómo el poder, el dinero y la impunidad se entrelazan en uno de los ámbitos más influyentes del país. Fútbol y Estado parecen mundos distintos, pero comparten una misma lógica: falta de controles, complicidades y silencios convenientes.

Aquí está el punto central: ya no hablamos de casos aislados. No son errores administrativos ni hechos marginales. Lo que emerge es un patrón que se repite, una forma de funcionamiento donde lo público, sea una política social o una institución deportiva, es capturado por redes que operan con impunidad.

Cuando la corrupción se vuelve estructural, el daño es doble. Se pierden recursos, sí, pero sobre todo se destruye la confianza. Se instala la resignación, el “todos son iguales”, el descreimiento en la ley y en las instituciones. Y una sociedad que deja de creer es una sociedad profundamente herida.

Romper este círculo no será fácil ni rápido. Exige Justicia independiente, controles reales y sanciones ejemplares, sin excepciones ni privilegios. De lo contrario, cada nuevo escándalo no será una sorpresa, sino apenas la confirmación de un sistema que aprendió a convivir con la corrupción.

Y eso, como país, debería alarmarnos mucho más que cualquier titular del día.

Años atrás se habló de crear una suerte de CONADEP de la corrupción, inspirada en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que permitió a la Argentina mirar de frente uno de los capítulos más oscuros de su historia. Aquella comisión no juzgó: documentó, ordenó información, dio nombre a las víctimas y dejó un piso ético común sobre el cual después actuó la Justicia.

Algo similar podría pensarse hoy frente a una corrupción que ya no es episódica, sino estructural. No para perseguir adversarios ni reescribir la historia según el gobierno de turno, sino para reconstruir la verdad, identificar mecanismos, circuitos, responsabilidades políticas y administrativas, y dimensionar el daño real causado al país.

Una CONADEP de la corrupción permitiría responder preguntas clave que hoy nadie responde del todo: ¿cómo funcionaron los sistemas?, ¿dónde fallaron los controles?, ¿quiénes se beneficiaron?, ¿cuánto perdió la sociedad?, ¿qué reformas son indispensables para que no vuelva a ocurrir?

Que hoy casi no se hable del tema es sintomático. La corrupción incomoda a todos, oficialismos y oposición, porque atraviesa décadas, partidos y gobiernos. Pero justamente por eso, rescatar esta idea sería un gesto de madurez democrática.

Sin memoria no hay justicia. Y sin verdad, no hay futuro posible.

 

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